Un ensayo corto sobre Karma y libre albedrío
Publicado: 09 Abr 2026 20:51
Por regla general el karma se entiende como la ley de causa y efecto, pero en realidad la palabra karma significa "acción". Pero lo cierto es que a toda acción le sigue una reacción, por lo que la ley del karma exige ambas cosas: acción y reacción o efecto; de modo que karma debería traducirse más bien como la ley de causa y efecto. Esta es una ley física conocida desde hace siglos, y uno de los Principios de Newton es precisamente el Principio de Acción y de Reacción.
Pero el Principio no es meramente físico ya que incluye también a la mente: todo pensamiento es causa y efecto de otros pensamientos. La experiencia personal de todo el mundo es que hay constantemente pensamientos que aparecen y desaparecen al cabo de un momento. Cada pensamiento dispara la aparición de otros, en el momento que le dedicamos alguna atención, y si no lo hacemos el pensamiento se esfuma como una nube en el cielo vacío. Saber de dónde viene el pensamiento y a donde se va cuando desaparece es ciertamente imposible.
Esto podría compararse con las olas del mar. Vemos una ola que se forma y avanza hacia la playa donde desaparece. Otras la siguen de modo incesante. Las olas tienen su causa, aunque esta parezca imposible de comprender, y hay una mecánica oculta en los océanos y mares, que provoca la aparición de las olas en la superficie. Estas olas no cesan pero todas tienen su causa y todas tienen un efecto. Ahora bien, ¿hay algo o alguien que sea la causa o sufra el efecto? Es inútil buscarlo de forma individual para cada ola puesto que el océano en su conjunto es lo único que existe y ninguna ola tiene existencia independiente.
La mente es como el océano pero no hecha de agua, sino de algún tipo de materia sutil desconocida, por así decir. Todo lo que ocurre en la mente es como el oleaje, y una particularidad de la mente humana es que esta crea un espejismo llamado "yo". El “yo” está basado en el pensamiento, y es algo superficial, como las olas. No se encuentra en la profundidad del océano sino en la zona superficial. La idea de un "yo" separado es una particularidad de la mente humana con la que no se nace, sino que se forma en base a la educación y la interacción con los demás "yoes".
Tras un tiempo de veinte o treinta años, el "yo" queda perfectamente formado conceptualmente y fijado en la conciencia humana. Este "yo" se encuentra en la base de todo pensamiento así como de toda experiencia sensorial, de modo que no hay un solo momento en que el “yo” no interfiera con lo que experimentamos. Lejos de ser considerado una enfermedad de la mente, la conciencia del "yo" forma parte de todas las actividades humanas. Es algo, no solo esencial, sino necesario. Sin el "yo" no habría relaciones humanas, no habría cultura, ni habría arte o ciencia…. No habría sociedad, de hecho. Si el "yo" desapareciera de golpe en todos los humanos al mismo tiempo, sería la mayor catástrofe imaginable para el mundo (aunque no, para el Universo).
Con todo, el "yo" no existe y por tanto no puede desaparecer. Si un persona se diera cuenta en un momento determinado de que el "yo" (el tesoro mejor guardado dentro de la conciencia, el cual llevamos siempre protegido), si se diera cuenta cabal de que tal "yo" no existe, y pudiera aguantar el terror que tal cosa le produciría (un terror que le haría pensar que se había vuelto completamente loco o que estaba a punto de morir ahí mismo); si esa persona pudiera aguantar el tirón en ese momento, sin recuperar la cadena de pensamientos que sostiene el "yo", esa 'persona tendría lo que comunmente se llama hoy en día la "iluminación".
Durante el tiempo (corto o largo, no importa, porque siempre es corto) que durase esa experiencia de vivir sin pensar esa persona se daría cuenta de el "yo" es una invención de la mente humana y que la ausencia de "yo" es el estado natural de existencia. Por eso, si la experiencia de vivir sin "yo" durase lo suficiente como para que la persona se abandonase a ella, se encontraría en un estado que podría confundirse fácilmente con el de "felicidad". La "felicidad" sin embargo es un concepto que no puede aplicarse aquí, porque no habiendo "yo" no hay nadie que sea "feliz".
La idea de que es una "persona separada y libre" se vendría abajo enseguida pues no habiendo "yo" no hay nadie que elija y la elección se vería como una ilusión. En el budismo se ha buscado dar una explicación de cómo se producen los deseos, con la rueda de los doce eslabones interdependientes, dando así a entender cómo surge el deseo, y el apego. Es una especie de ciclo que se forma en la mente, como si fuesen los remolinos que aparecerían en el seno de la ola cuando esta existe en la superficie del mar.
El karma humano existe como ley de causa y efecto lo mismo que ocurre en la ola. Igual que la ola, nos movemos y tenemos una forma, pero al contrario que la ola, nosotros creemos tener libre albedrío y podemos "hacer cosas". Y, las hacemos. Y, creemos que lo que hacemos lo hacemos por decisión propia. Pero, ¿es así? Si, por ejemplo, vamos por la acera y un coche se precipitara contra nosotros, ¿nos apartamos de un salto por decisión propia? Si estamos en una casa en llamas, ¿salimos de ella corriendo por decisión propia? Si vamos por la carretera y de repente vemos un obstáculo, ¿frenamos por decisión propia?
Son ejemplos extremos, podemos pensar. Hay cosas en las que no decidimos nosotros, ciertamente, pero hay otras en las que seguramente sí lo hacemos. Un ejemplo: cuando tenemos un dinero en el banco, creemos decidir si lo ponemos en letras del tesoro o lo dejamos en la cuenta corriente. Otro ejemplo, si entramos a comer en un restaurante, creemos decidir lo que vamos a comer, cuando miramos el menú. Otro más: si vamos al médico y nos dice que tenemos cáncer, y nos propone dos posibles tratamientos, creemos decidir cuál de ellos nos conviene. Y, así muchos más.
En esos casos parece haber libre albedrío, pero si lo miramos tal y como ocurrió, es posible que nos demos cuenta de que no fue así. Pensamos que en el pasado tomamos la decisión equivocada muchas veces, creyendo que no supimos verlo a tiempo, pero después, si lo miramos con cuidado, tal vez veamos que no fue nuestra decisión en realidad sino que hicimos lo único que podíamos hacer en ese momento. Por tanto no nos echemos la culpa de que por una decisión equivocada perdimos una fortuna, nos sentó mal una comida o elegimos el tratamiento médico equivocado. Posiblemente hicimos lo único que pudimos hacer. Porque en realidad, podría no haber libre albedrío.
Pensemos ahora en esto: Puesto que el "yo" es irreal y no hay libre albedrío, ¿no hay ningún culpable, por ejemplo, en el caso de un asesinato? En un juicio por asesinato, el asesino puede ampararse en esto y argüir que él solo hizo lo que podía hacer, porque así estaba determinado y no tuvo elección ninguna, por lo que no es culpable. Posiblemente sea así. Pero entonces el juez puede argumentar exactamente lo mismo, diciendo que no tiene más opción que sentenciarlo a cadena perpetua porque está haciendo lo único que puede hacer, no ya porque la Ley humana le obligue, sino porque es algo que está determinado de antemano.
Del mismo modo que la ola está sometida a la ley de causa y efecto, y no tiene libertad de elección sobre cómo moverse ni en qué dirección hacerlo, nosotros estamos sometidos a la misma ley, y no tenemos libre albedrío (libertad de elección). Esto nos conduce a una trampa sin embargo: creer que podemos hacer lo que nos venga en gana, puesto que todo lo que hagamos está determinado de antemano y no somos responsables de ello. Podemos dar rienda suelta a nuestros instintos y aprovecharnos al máximo de nuestras circunstancias sin frenar nuestras acciones y sin sentir culpabilidad alguna por ello. ¿Qué decir a esto?
Si vivimos desde el punto de vista del “yo” podemos en efecto caer en ese error. Tanto si queremos como si no, haremos cuanto está determinado de antemano y nuestros intentos por vivir de acuerdo a un código de conducta ético serán completamente vanos. Eso concuerda por cierto con el hecho de que muchas personas religiosas, que pretenden vivir de acuerdo a sus preceptos, cometen toda suerte de delitos sexuales, entre otros. Es fácil ver que, por mucho que lo intentan, no pueden cumplir con los mandamientos de su religión y esto, seguramente, les desespera. ¿Qué se puede decir a esto?
Solo una cosa puede decirse: se trata de vivir conscientes, no de cumplir preceptos. Los preceptos son solo una forma de saber si se acercan o se alejan de la conducta moral que se considera correcta. Pero tanto si se acercan como si se alejan, no es su culpa ni tampoco su mérito. Lo único que pueden siempre hacer, es profundizar en su conocimiento interior. Podrían, por así decir, entrar en la profundidad de la ola, bajando de nivel en nivel de conciencia hasta entrar abiertamente en el Océano interior donde (por así decir) reside el Verdadero Yo.
Para el ser humano, tal cosa es posible mediante una práctica regular de introspección (oración, meditación, psicoanálisis…) haciéndose conscientes de sí mismos de un modo progresivo hasta alcanzar las profundidades de la mente que están más allá del “yo”. Entonces descubrirán la dimensión que está más allá de causa y efecto, a la que llamamos el Verdadero Yo. Viviendo desde el Verdadero Yo, escapan de la ley de causa y efecto aunque en su parte consciente seguirán sometidos a ella.
Pongamos un ejemplo: supongamos que alguien mata a un número de personas debido a causas que él mismo no acierta a comprender del todo. Puede haberlo hecho por odio, pero también porque cree que matando realiza una acción correcta en beneficio de su país, su raza o su religión. ¿Esta persona es culpable de sus actos? Si consideramos que existe el libre albedrío, lo es. Pero si, tal y como propone Spinoza y otros, la persona ha actuado por la ley de causa y efecto, sin que ella haya podido mediar de hecho, entonces la persona no es culpable de sus actos.
Pero aquí estamos ante un problema ¿Qué debe hacerse con esa persona? ¿Debe ser exculpada de sus asesinatos, sin más ni más, por no ser responsable de sus actos? No parece lo más acertado, ¿verdad? Y, sin embargo, la responsabilidad de sus actos no debería recaer en él, dado que todo sucede de un modo predeterminado. Aquí es donde la mayoría de las personas rechazan de plano la inexistencia del libre albedrío, dado que pone en peligro la convivencia humana. Pero no es necesariamente así. Veámoslo.
Supongamos que la persona es detenida, y llevada a juicio, donde es juzgada y condenada a muerte por sus asesinatos de acuerdo a las leyes. Y supongamos que esa persona espera durante los años a que se cumpla la sentencia. Durante ese tiempo (esto ha sucedido en algunas ocasiones) esa persona tiene ocasión de llevar a cabo una introspección profunda que la conduce a escapar de su “yo” (lo cual hemos llamado, iluminación). Pues bien, después de eso, la persona es un buda y no puede considerarse un asesino. El asesino es el “yo”, pero tras la iluminación él ha descubierto que el “yo” no existe y lo que ha sucedido era algo inevitable de acuerdo a la ley del karma. ¿Se libra esa persona de ser ejecutada por asesinato?
No, no se libra. Aun estando libre del “yo”, no escapa de su karma pues cuando llega su hora se le aplica la pena de muerte por asesinato de inocentes. La iluminación no le libra de su destino que era morir con la inyección letal. Si alguien dijera que se le ha condenado injustamente, dado que sus acciones estaban predeterminadas, se le podría responder que es cierto, pero también estaba predeterminado que se le aplicaría la pena de muerte, con lo que todo queda arreglado.
Igual que la ola “vive” durante un tiempo como ola, hasta volver al seno del océano, de donde salió, una persona vive durante un tiempo como un ente aparentemente separado del Universo hasta volver a su Verdadero Yo. Igual que la ola no es libre para cambiar de dirección, la persona tampoco lo es para tomar decisiones. Pero del mismo modo que la ola vive consciente del océano y se ve unida a él, la persona puede vivir consciente de su Verdadero Yo y vivir unida a él viviendo así en libertad, aunque sin libre albedrío.
Pero el Principio no es meramente físico ya que incluye también a la mente: todo pensamiento es causa y efecto de otros pensamientos. La experiencia personal de todo el mundo es que hay constantemente pensamientos que aparecen y desaparecen al cabo de un momento. Cada pensamiento dispara la aparición de otros, en el momento que le dedicamos alguna atención, y si no lo hacemos el pensamiento se esfuma como una nube en el cielo vacío. Saber de dónde viene el pensamiento y a donde se va cuando desaparece es ciertamente imposible.
Esto podría compararse con las olas del mar. Vemos una ola que se forma y avanza hacia la playa donde desaparece. Otras la siguen de modo incesante. Las olas tienen su causa, aunque esta parezca imposible de comprender, y hay una mecánica oculta en los océanos y mares, que provoca la aparición de las olas en la superficie. Estas olas no cesan pero todas tienen su causa y todas tienen un efecto. Ahora bien, ¿hay algo o alguien que sea la causa o sufra el efecto? Es inútil buscarlo de forma individual para cada ola puesto que el océano en su conjunto es lo único que existe y ninguna ola tiene existencia independiente.
La mente es como el océano pero no hecha de agua, sino de algún tipo de materia sutil desconocida, por así decir. Todo lo que ocurre en la mente es como el oleaje, y una particularidad de la mente humana es que esta crea un espejismo llamado "yo". El “yo” está basado en el pensamiento, y es algo superficial, como las olas. No se encuentra en la profundidad del océano sino en la zona superficial. La idea de un "yo" separado es una particularidad de la mente humana con la que no se nace, sino que se forma en base a la educación y la interacción con los demás "yoes".
Tras un tiempo de veinte o treinta años, el "yo" queda perfectamente formado conceptualmente y fijado en la conciencia humana. Este "yo" se encuentra en la base de todo pensamiento así como de toda experiencia sensorial, de modo que no hay un solo momento en que el “yo” no interfiera con lo que experimentamos. Lejos de ser considerado una enfermedad de la mente, la conciencia del "yo" forma parte de todas las actividades humanas. Es algo, no solo esencial, sino necesario. Sin el "yo" no habría relaciones humanas, no habría cultura, ni habría arte o ciencia…. No habría sociedad, de hecho. Si el "yo" desapareciera de golpe en todos los humanos al mismo tiempo, sería la mayor catástrofe imaginable para el mundo (aunque no, para el Universo).
Con todo, el "yo" no existe y por tanto no puede desaparecer. Si un persona se diera cuenta en un momento determinado de que el "yo" (el tesoro mejor guardado dentro de la conciencia, el cual llevamos siempre protegido), si se diera cuenta cabal de que tal "yo" no existe, y pudiera aguantar el terror que tal cosa le produciría (un terror que le haría pensar que se había vuelto completamente loco o que estaba a punto de morir ahí mismo); si esa persona pudiera aguantar el tirón en ese momento, sin recuperar la cadena de pensamientos que sostiene el "yo", esa 'persona tendría lo que comunmente se llama hoy en día la "iluminación".
Durante el tiempo (corto o largo, no importa, porque siempre es corto) que durase esa experiencia de vivir sin pensar esa persona se daría cuenta de el "yo" es una invención de la mente humana y que la ausencia de "yo" es el estado natural de existencia. Por eso, si la experiencia de vivir sin "yo" durase lo suficiente como para que la persona se abandonase a ella, se encontraría en un estado que podría confundirse fácilmente con el de "felicidad". La "felicidad" sin embargo es un concepto que no puede aplicarse aquí, porque no habiendo "yo" no hay nadie que sea "feliz".
La idea de que es una "persona separada y libre" se vendría abajo enseguida pues no habiendo "yo" no hay nadie que elija y la elección se vería como una ilusión. En el budismo se ha buscado dar una explicación de cómo se producen los deseos, con la rueda de los doce eslabones interdependientes, dando así a entender cómo surge el deseo, y el apego. Es una especie de ciclo que se forma en la mente, como si fuesen los remolinos que aparecerían en el seno de la ola cuando esta existe en la superficie del mar.
El karma humano existe como ley de causa y efecto lo mismo que ocurre en la ola. Igual que la ola, nos movemos y tenemos una forma, pero al contrario que la ola, nosotros creemos tener libre albedrío y podemos "hacer cosas". Y, las hacemos. Y, creemos que lo que hacemos lo hacemos por decisión propia. Pero, ¿es así? Si, por ejemplo, vamos por la acera y un coche se precipitara contra nosotros, ¿nos apartamos de un salto por decisión propia? Si estamos en una casa en llamas, ¿salimos de ella corriendo por decisión propia? Si vamos por la carretera y de repente vemos un obstáculo, ¿frenamos por decisión propia?
Son ejemplos extremos, podemos pensar. Hay cosas en las que no decidimos nosotros, ciertamente, pero hay otras en las que seguramente sí lo hacemos. Un ejemplo: cuando tenemos un dinero en el banco, creemos decidir si lo ponemos en letras del tesoro o lo dejamos en la cuenta corriente. Otro ejemplo, si entramos a comer en un restaurante, creemos decidir lo que vamos a comer, cuando miramos el menú. Otro más: si vamos al médico y nos dice que tenemos cáncer, y nos propone dos posibles tratamientos, creemos decidir cuál de ellos nos conviene. Y, así muchos más.
En esos casos parece haber libre albedrío, pero si lo miramos tal y como ocurrió, es posible que nos demos cuenta de que no fue así. Pensamos que en el pasado tomamos la decisión equivocada muchas veces, creyendo que no supimos verlo a tiempo, pero después, si lo miramos con cuidado, tal vez veamos que no fue nuestra decisión en realidad sino que hicimos lo único que podíamos hacer en ese momento. Por tanto no nos echemos la culpa de que por una decisión equivocada perdimos una fortuna, nos sentó mal una comida o elegimos el tratamiento médico equivocado. Posiblemente hicimos lo único que pudimos hacer. Porque en realidad, podría no haber libre albedrío.
Pensemos ahora en esto: Puesto que el "yo" es irreal y no hay libre albedrío, ¿no hay ningún culpable, por ejemplo, en el caso de un asesinato? En un juicio por asesinato, el asesino puede ampararse en esto y argüir que él solo hizo lo que podía hacer, porque así estaba determinado y no tuvo elección ninguna, por lo que no es culpable. Posiblemente sea así. Pero entonces el juez puede argumentar exactamente lo mismo, diciendo que no tiene más opción que sentenciarlo a cadena perpetua porque está haciendo lo único que puede hacer, no ya porque la Ley humana le obligue, sino porque es algo que está determinado de antemano.
Del mismo modo que la ola está sometida a la ley de causa y efecto, y no tiene libertad de elección sobre cómo moverse ni en qué dirección hacerlo, nosotros estamos sometidos a la misma ley, y no tenemos libre albedrío (libertad de elección). Esto nos conduce a una trampa sin embargo: creer que podemos hacer lo que nos venga en gana, puesto que todo lo que hagamos está determinado de antemano y no somos responsables de ello. Podemos dar rienda suelta a nuestros instintos y aprovecharnos al máximo de nuestras circunstancias sin frenar nuestras acciones y sin sentir culpabilidad alguna por ello. ¿Qué decir a esto?
Si vivimos desde el punto de vista del “yo” podemos en efecto caer en ese error. Tanto si queremos como si no, haremos cuanto está determinado de antemano y nuestros intentos por vivir de acuerdo a un código de conducta ético serán completamente vanos. Eso concuerda por cierto con el hecho de que muchas personas religiosas, que pretenden vivir de acuerdo a sus preceptos, cometen toda suerte de delitos sexuales, entre otros. Es fácil ver que, por mucho que lo intentan, no pueden cumplir con los mandamientos de su religión y esto, seguramente, les desespera. ¿Qué se puede decir a esto?
Solo una cosa puede decirse: se trata de vivir conscientes, no de cumplir preceptos. Los preceptos son solo una forma de saber si se acercan o se alejan de la conducta moral que se considera correcta. Pero tanto si se acercan como si se alejan, no es su culpa ni tampoco su mérito. Lo único que pueden siempre hacer, es profundizar en su conocimiento interior. Podrían, por así decir, entrar en la profundidad de la ola, bajando de nivel en nivel de conciencia hasta entrar abiertamente en el Océano interior donde (por así decir) reside el Verdadero Yo.
Para el ser humano, tal cosa es posible mediante una práctica regular de introspección (oración, meditación, psicoanálisis…) haciéndose conscientes de sí mismos de un modo progresivo hasta alcanzar las profundidades de la mente que están más allá del “yo”. Entonces descubrirán la dimensión que está más allá de causa y efecto, a la que llamamos el Verdadero Yo. Viviendo desde el Verdadero Yo, escapan de la ley de causa y efecto aunque en su parte consciente seguirán sometidos a ella.
Pongamos un ejemplo: supongamos que alguien mata a un número de personas debido a causas que él mismo no acierta a comprender del todo. Puede haberlo hecho por odio, pero también porque cree que matando realiza una acción correcta en beneficio de su país, su raza o su religión. ¿Esta persona es culpable de sus actos? Si consideramos que existe el libre albedrío, lo es. Pero si, tal y como propone Spinoza y otros, la persona ha actuado por la ley de causa y efecto, sin que ella haya podido mediar de hecho, entonces la persona no es culpable de sus actos.
Pero aquí estamos ante un problema ¿Qué debe hacerse con esa persona? ¿Debe ser exculpada de sus asesinatos, sin más ni más, por no ser responsable de sus actos? No parece lo más acertado, ¿verdad? Y, sin embargo, la responsabilidad de sus actos no debería recaer en él, dado que todo sucede de un modo predeterminado. Aquí es donde la mayoría de las personas rechazan de plano la inexistencia del libre albedrío, dado que pone en peligro la convivencia humana. Pero no es necesariamente así. Veámoslo.
Supongamos que la persona es detenida, y llevada a juicio, donde es juzgada y condenada a muerte por sus asesinatos de acuerdo a las leyes. Y supongamos que esa persona espera durante los años a que se cumpla la sentencia. Durante ese tiempo (esto ha sucedido en algunas ocasiones) esa persona tiene ocasión de llevar a cabo una introspección profunda que la conduce a escapar de su “yo” (lo cual hemos llamado, iluminación). Pues bien, después de eso, la persona es un buda y no puede considerarse un asesino. El asesino es el “yo”, pero tras la iluminación él ha descubierto que el “yo” no existe y lo que ha sucedido era algo inevitable de acuerdo a la ley del karma. ¿Se libra esa persona de ser ejecutada por asesinato?
No, no se libra. Aun estando libre del “yo”, no escapa de su karma pues cuando llega su hora se le aplica la pena de muerte por asesinato de inocentes. La iluminación no le libra de su destino que era morir con la inyección letal. Si alguien dijera que se le ha condenado injustamente, dado que sus acciones estaban predeterminadas, se le podría responder que es cierto, pero también estaba predeterminado que se le aplicaría la pena de muerte, con lo que todo queda arreglado.
Igual que la ola “vive” durante un tiempo como ola, hasta volver al seno del océano, de donde salió, una persona vive durante un tiempo como un ente aparentemente separado del Universo hasta volver a su Verdadero Yo. Igual que la ola no es libre para cambiar de dirección, la persona tampoco lo es para tomar decisiones. Pero del mismo modo que la ola vive consciente del océano y se ve unida a él, la persona puede vivir consciente de su Verdadero Yo y vivir unida a él viviendo así en libertad, aunque sin libre albedrío.