La meditación zen experimentada paso a paso

Budismo zen, budismo tibetano...
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tao.te.kat
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

Mensaje por tao.te.kat »

Aprovecho para comentar también que aunque no digamos nada, los leemos con interés y agradecimiento.

Un abrazo
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

Mensaje por Daido »

Danortiz escribió: 17 Jun 2021 22:00 Muchas gracias Daido clap por tus texto, los seguiré con interés. No tanto por acercarme al zen, aunque seguro que aprendo de tus textos, sino por leer las opiniones, pensamientos de alguien que ha practicado tanto tiempo con sinceridad.

Es cierto que Deshimaru aparece como un tronco seco, aunque se que no era la sequedad lo que le gustaba...

En realidad solo me anuncio como un lector más, que sepas que estamos.


Solo soy un aprendiz, y espero seguir aprendiendo. Gracias por mostrar tu interés thumbsupp
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

Mensaje por Daido »

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Alta Tensión




Si uno prueba a tumbarse en el suelo boca arriba, en la postura de relajación que recomienda el yoga, verá que, efectivamente, es una postura idónea para relajarse. El cuerpo puede entregarse totalmente a la gravedad, sin el menor riesgo de que la postura se desmorone. ¿Por qué? Porque esa postura implica un desmoronamiento completo del cuerpo. No hay posibilidad de desmoronarse más. No es una mala postura para relajarse. Al contrario, no hay mejor postura para ello. Pero hay que recordar que lo que estamos haciendo aquí es otra cosa. No buscamos relajarnos, sino meditar. Y la meditación no es únicamente relajarse, sino que hay mucho más en ella. Cuando hablamos de relajarnos en la meditación, estamos diciendo eso exactamente: en la meditación. No estamos simplemente relajándonos como cuando uno se tumba a dormir. Estamos implicándonos en un proceso distinto: la meditación.

¿Y qué es la meditación? La pregunta es oportuna en este momento. Lo que llamamos meditación, en el Zen (la palabra Zen viene de la palabra china Chan, la cual proviene de la palabra india dhyana, que se traduce precisamente como meditación) es simplemente sentarnos y… ¿qué más? Bien, existen diferentes posibilidades. Si se practica con un koan, meditación es sentarnos con el koan. El koan, por ejemplo el koan Mu, es simplemente sentarnos con el Mu en la mente, y entrar en ese Mu constantemente. En mi primer libro, explico que mi maestra de entonces me dijo que hiciese Mu al inspirar y al espirar. Es un Muuuu…, que se unifica con la respiración. Uno se concentra en ese Muuuu…, a medida que respira. La mente intentará buscar escusas para no hacerlo, lo cual significa que en un determinado momento se dará una lucha entre la mente (el ego) y la meditación.

Cuando esto sucede, es comprensible que el cuerpo se tense, y por ello adoptemos con frecuencia la postura que aconseja Dogen. Querer saber lo que es Mu, implica una enorme tensión por parte de la mente, lo cual se traduce como una fuerte tensión en el cuerpo. Si uno quiere realmente saber lo que es el Mu, adoptará la posición de Dogen con enorme determinación, tensando los músculos dorsales. Por supuesto es el ego el responsable de toda esa tensión, pues la tensión siempre parte del ego. ¿Por qué el ego produce una tensión tan formidable? Porque quiere encontrar la solución al koan. Sabemos que para solucionar el koan, tenemos que poner en juego toda nuestra atención, y el ego interpreta esto como tensar el cuerpo. Pero el ego jamás encontrará la solución al koan, pues la solución viene precisamente cuando el ego abandona la partida.

Si se quiere alcanzar una experiencia de kensho o satori, de manera directa, la práctica del koan es muy recomendable, cierto, pero al entrar en esa práctica, entramos en un callejón sin salida. Una vez que el ego desea conocer la “solución” al koan, hará todo lo que pueda (absolutamente todo) para dar con ella. Una vez que acepte que no se trata de ningún truco mental, su interés irá in crescendo. ¿Qué es entonces Mu? Se preguntará una y otra vez, sin ser capaz de dar con una respuesta. Pero como su deseo por hallar la solución es cada vez mayor, pondrá en juego cada vez más energía, lo cual significa que tensará la postura de un modo enorme. Así, a veces será necesario soltar tensión, porque incluso desde el punto de vista de Dogen, demasiada tensión es perjudicial. La posición de las manos nos hará ver que los pulgares están demasiado apretados, y esto es como una alarma. Hay que aflojar la postura un poco.

Por tanto, a medida que crece el deseo de encontrar la solución al koan, la postura se irá haciendo más tensa. En tales casos, el deseo de relajarnos, nos obliga a pedir el kyosaku (es decir, pedir ser golpeados en los hombros por la persona que lleva el bastón) cada vez que la persona que lo lleva pasa detrás de nosotros. La postura se hace tan tensa, que sudamos, porque los músculos tensados producen una gran energía (tal y como ocurre cuando levantamos pesas en un gimnasio, por ejemplo) Podría parecer que estamos simplemente sentados, pero no es así: estamos enormemente tensos, y además ni siquiera nos damos cuenta de ello. La tensión es máxima precisamente en el hara (el bajo vientre) que es a donde finalmente va a parar la tensión de los músculos lumbares. (Esto no significa que hagamos fuerza en los músculos abdominales, ya que la tensión es a otro nivel)

Esta tensión con el koan, es hasta cierto punto normal y deseable. El ego no podrá nunca encontrar la solución al koan, pero su deseo de saber provoca lo que en el Zen se llama el sentimiento de duda. Este sentimiento de duda, se traduce precisamente en la tensión corporal. Cuando se practica con el koan, la postura se acerca mucho al canon que dio Dogen. Todo nuestro cuerpo está derecho, nuestras manos del modo que él decía, nuestra nuca está rígida, nuestra lengua aprieta el paladar, nuestros dientes apretados…., sin que nos demos cuenta. Si en ese momento se nos hace una foto meditando, podríamos salir en un almanaque budista. Somos probablemente la perfección postural.

Pero la perfección postural significa solo que existe una lucha intensa, no que estemos en un estado próximos al nirvana. La lucha por saber lo que es el Mu chocará una y otra vez con el sinsentido de que el ego quiera ir más allá del ego. Pero si la duda es intensa, el satori también será intenso, por lo que el maestro animará al estudiante a entrar más y más en el sentimiento de duda. Y el estudiante se sentará con una determinación total, lo que se notará en su enorme rigidez, aunque para los seguidores ciegos de Dogen, esa rigidez será considerada como una prueba de que el estudiante es un buda, ya que se sienta como tal.

Sin embargo, el mismo Buda, tuvo que aflojar la postura cuando meditaba bajo el árbol de bodi, al oír una conversación entre dos músicos que tocaban instrumentos de cuerda. Al parecer, el más experimentado de los dos le dijo al otro que aflojara la cuerda del instrumento, porque estaba demasiado tensa. “Si la cuerda está floja, el instrumento no sonará, pero si está tensa, su sonido será muy desagradable” El Buda, tomó esta enseñanza como propia, y aprendió a relajar la postura. El resultado es que tuvo la iluminación en poco tiempo.

Del mismo modo, el practicante de Zen, se verá en cierto momento obligado a abandonar toda tensión. ¿Cuándo? Cuando el ego haya llegado al punto de máxima tensión y abandone la batalla. En el momento en que el ego ceda el control, el cuerpo se relajará, y entrará en la segunda posición, la posición de relajación, en la que toda tensión desaparece. En ese momento, la solución se verá con entera claridad. En realidad siempre ha estado ahí, pero no ha podido verse precisamente por la tensión, a la que hemos estado sometidos. Pero ahora, cuando ya todo deseo de encontrar la solución ha cesado, cuando el ego abandona el campo de batalla, y la postura se relaja, el simple ladrido de un perro, será suficiente para que caigamos en la cuenta. De repente, se ve con entera claridad la solución al koan. Y eso puede llevarnos a estallar en carcajadas.
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

Mensaje por Daido »

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El monje que practica shikantaza, no muestra a los demás si su postura es perfecta o imperfecta.

Shikantaza




Hay otro método asequible a todos, conocido con el nombre de shikantaza, que en japonés significa “simplemente sentarse”. Este método es completamente distinto al koan MU, y no requiere gran tensión (no confundir la tensión, con el tono muscular, ya que este es una tensión residual inconsciente, que se da incluso cuando estamos tumbados, cesando solo durante el sueño profundo). Shikantaza es de hecho una práctica que no debería provocar ninguna clase de problema, en quien la hace, pero debido a la falta de entendimiento del método en sí, nos encontramos con que la mayoría de quienes meditan de esta manera, tienen enormes dificultades. ¿Por qué? Porque no parecen entender que Dogen Zenji alcanzó el satori dejando caer cuerpo y mente (shin jin datsu raku) Una cosa tan sencilla, ¿es necesario explicarla? Pues al parecer sí, porque leo una enorme cantidad de sin sentidos, de gente que incluso se dicen maestros. La cosa sin embargo es muy sencilla, como veremos.

Dejar caer el cuerpo durante el zazen, es simplemente relajarlo. Uno cae, literalmente, en una posición en la que no existe ninguna tensión muscular, y la gravedad se apodera de nosotros. Por eso caemos, no por otra cosa. Cierto, primero hemos tenido que tensarnos, para después relajarnos y caer. Esto es quizás por lo que Dogen precisó esa posición con tanto detalle. Primero nos ponemos tal y como él explica, con los músculos dorsales y el hara en tensión, para luego, en cierto momento dejarnos caer completamente. ¡Pero tranquilos! No caeremos tanto realmente, si hemos tenido el cuidado de ponernos el cojín o cojines de meditación bajo las nalgas, porque nuestra columna quedará equilibrada de manera perfecta, y apenas habremos arqueado un poco la espalda.

Dejar caer la mente, no es posible, pero dejar caer el cuerpo sí. La práctica de shikantaza es precisamente dejar caer el cuerpo, abandonarlo a la gravedad. Todas las demás explicaciones sobran, porque no hay nada más que hacer. Por eso, cuando se leen tantas tonterías sobre como practicar shikantaza, uno no puede dejar de sonreír.

En cierto libro Dogen dice estas palabras:

«El abad dijo: la práctica de zazen quiere decir dejar caer cuerpo y mente. Esto significa shikantaza – no es quemar incienso, postrarse, nembutsu, arrepentirse o leer los sutras.
Yo me incliné y pregunté: ¿Qué es dejar caer cuerpo y mente?
El abad respondió: dejar caer cuerpo y mente es zazen. Si simplemente practicas zazen, en ese momento estás libre de los cinco deseos y los cinco obstáculos desaparecen»


El abad parece complicar las cosas innecesariamente, al decir que los cinco deseos y los cinco obstáculos desaparecen, pero quizás estaba tratando con gente tan complicada (los monjes) que tenía que decir cosas así de extrañas. Dejar caer el cuerpo es zazen. Hasta ahí la cosa está completamente clara. Si uno se queda en una postura tensa, desde luego no deja caer el cuerpo. Si el cuerpo cae, la mente caerá con él. Pero si el cuerpo está tenso, la mente estará igualmente tensa. Por tanto, relaja la postura, hasta quedar en la posición de relajación, con la espalda ligeramente arqueada, los dedos de las manos sueltos y los ojos cerrados o abiertos, sin la menor preocupación. Eso es shikantaza.

Pero el maestro Kosho Uchiyama, por ejemplo, uno de los seguidores contemporáneos de la línea Soto en Japón, lejos de ver la cosa de este modo tan simple, lo complica todo diciendo “Así que dejar caer o abandonar cuerpo y mente significa abrir la mano del pensamiento y volver a zazen miles de millones de veces. Dejar el cuerpo y la mente no es ninguna experiencia especial ni misteriosa”

Efectivamente, no es ninguna experiencia especial ni misteriosa, pero él la convierte en algo muy misterioso diciendo eso de “abrir la mano del pensamiento y volver a zazen miles de millones de veces” Esa frase es un enorme misterio para mí (o cualquiera que lo lea, sin saber una palabra de Zen), y no sé qué quiere decir realmente con ella. Es claro que cuanto más se habla, menos se dice en casos como este, pero algunos maestros de Zen hablan y hablan de ello, enredándose en palabras innecesariamente.

Ahora bien, Dogen no se enredó la lengua, cuando afirmó: “Dejar caer cuerpo y mente no es un maravilloso estado psicológico que pueda obtenerse como resultado de sentarnos en zazen. Por el contrario, zazen en sí mismo, no es otras cosa que dejar caer cuerpo y mente”

Cuando me siento ahora en zazen, me coloco en la posición de Dogen, para luego seguir exactamente sus instrucciones y dejar caer cuerpo y mente. De hecho, dejar caer el cuerpo es inmediato, solo hay que abandonarlo a la gravedad, y sentir que la espalda se relaja completamente y queda en equilibrio perfecto, con un ligero arqueamiento, pero sin desplomarse. Entonces las manos se relajan por completo, los pulgares caen, los dedos se sienten sin tensión, (salvo que estén sujetos por el obi). Nuestra cabeza, sin embargo, está bien erguida, pues solo así puede relajarse sin caer. Los ojos pueden cerrarse o pueden dejarse abiertos. En este último caso, es muy interesante ver como vemos desde la relajación de la mirada.

Pero dejar caer la mente es otra cuestión. Desde un modo consciente, no hay nada que podamos hacer, porque la mente no es algo que pueda entregarse a la gravedad, como el cuerpo. Sin embargo, hay algo seguro: poco a poco, la mente sigue al cuerpo y se relaja igualmente. No es tan inmediato como relajar la postura corporal, sino que lleva tiempo. Tal vez sean diez minutos, tal vez veinte, tal vez treinta. O puede que sea una hora, e incluso más. Puede que necesitemos días de práctica intensiva y regular para que la mente emprenda el camino de la relajación. Nosotros no podemos soltar la mente, la mente debe caer por sí misma.
Daido
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¿Controlar el pensamiento?





Precisamente la mente, el pensamiento (o mejor diríamos, el pensar) es un punto esencial en la meditación. ¿Qué hacer con el pensamiento? Es la pregunta que se hacen muchas personas cuando empiezan a aprender los puntos básicos de la meditación. Existen muchas divisiones, muchas respuestas a esto. Dentro del budismo, tal y como se enseña en occidente, existen opiniones diversas. Muchos de los que practican el budismo tibetano, enseñan a cultivar, lo que podríamos llamar, el pensamiento positivo.

Uno de los lamas que más ha impartido enseñanzas sobre meditación en occidente, ha sido el fallecido lama Yeshe, e fundador de la FPMT (supuestamente se reencarnó en un niño español de las Alpujarras). En uno de sus libros, escribe:

Cuando observes tu mente, no racionalices ni fuerces. Relájate y no te desanimes cuando surjan problemas. Simplemente sé consciente de ellos y observa de dónde vienen; conoce su raíz. Identifica el problema y analízalo

De acuerdo con esa escuela del budismo tibetano, la meditación consiste esencialmente en analizar los problemas. ¿Pero cómo se debe llevar a cabo semejante tarea? Se pregunta uno. Más adelante, en ese mismo libro dice:

¿Cómo debes examinar tu mente? Observa sólo como percibe o interpreta cualquier objeto con el que se encuentra. Observa qué sensaciones surgen –agradables o desagradables–. Después analiza: “Cuando percibo este tipo de visión, surge esta sensación, aparece esta emoción; discrimino de este modo, ¿por qué?”. Así se analiza la mente; no hay que hacer nada más. Es muy sencillo.

Esta clase de meditación tiene como meta la disolución de todos los problemas. La postura en la que uno medita, no se especifica en esas enseñanzas, por lo que no parece dársele una gran importancia. En cambio tiene mucha importancia lo que se hace con la mente.

La mente es como un espejo que refleja todo sin discriminación. Si tienes sabiduría analítica, puedes controlar el tipo de reflejo que permites aparecer en el espejo de tu mente.

Por tanto, cuando uno medita, debe controlar aquello que se refleja en la mente. Si un pensamiento negativo aparece, hay que borrarlo o (al menos) controlarlo para que no haga daño. Si aparece uno positivo, debe en cambio dársele la bienvenida. Si somos capaces de vivir en constante vigilancia, podemos desarrollar todas las cualidades y pensamientos positivos, que son los que nos proporcionan felicidad, eliminando los defectos y pensamientos negativos, que son los que nos traen sufrimiento. Tu sabiduría analítica tiene que distinguir entre los reflejos que son beneficiosos y los que aportan problemas psicológicos.

Este es el modo en que se enseña a meditar en los centros de budismo tibetano, básicamente. La mente produce pensamientos y tenemos que, de algún modo, controlarlos. Los pensamientos negativos deben atajarse. Por ejemplo, un pensamiento de odio aparece en nuestra mente, (un pensamiento tal vez contra una persona concreta, pero más a menudo incluso contra un ente abstracto, como un partido político o un gobierno, o incluso un país entero) ¿Qué hacer entonces? Identificarlo, antes que nada, y evitar que prospere. Para ello debemos considerar aspectos positivos de esa persona, partido o gobierno, etc. Debemos considerar a esa persona como alguien que en otra vida fue un ser querido, madre, padre o hermano… El partido, gobierno o país al que odiamos, están formados por personas que igualmente han sido seres muy queridos para mí. No podemos odiar a personas que nos han ayudado en otras vidas, hasta el punto de dar su vida por nosotros etc. etc. Si uno practica de ese modo, el odio queda supuestamente atajado.

Cuando aparecen pensamientos de apego, como sentimiento de atracción sexual por una persona del sexo opuesto, el contra ataque debía venir por el lado de considerar los aspectos negativos de esa persona. Desmontar, por así decir los puntos de mayor apego, ver como esa persona está hecha de componentes desagradables, cómo lo que encierran sus caderas voluptuosas es solo fibras musculares y grasa, etc. etc. De ese modo la mente se retira del apego, y el pensamiento pasa de largo.

Para meditar de ese modo, no se decía mucho sobre la postura. Los tibetanos se sientan con las piernas cruzadas, usualmente, pero no en la postura del loto o medio loto. Una vez, durante un viaje que hice a Ladak en 1984, entré en un templo donde una multitud de personas del lugar estaban concentradas, oyendo la recitación de un texto muy antiguo, llamado el Kang Gyur, que un lama recitaba en alta voz. Era una recitación parecida a los mantras, o a una letanía, sin altibajos, sin puntos de inflexión, como si el significado no tuviese la menor importancia.

Los tibetanos allí reunidos, hombres y mujeres de edades muy variadas, se sentaban directamente en el suelo, como dios les daba a entender, sin adoptar una postura de meditación definida. Reían y hacían travesuras, como niños. Desde un rincón, donde me acurruqué como pude, tratando de pasar desapercibido, pude observar que la audiencia no ponía el menor interés en las palabras que oían. Se reían unos con otros en voz baja. Uno de ellos sacó un frasquito de plástico de colonia barata, y lo apretó con ambas manos, haciendo que un chorro de perfume le diese en pleno rostro a una mujer que había sentada no lejos de mí, quien estalló en carcajadas.

Esa escena se me ha quedado grabada en la mente, desde que estuve allí. (Diré entre paréntesis, que la presencia de occidentales dentro de los templos no era entonces tan habitual, como hoy en día, porque Ladak había estado cerrada a los occidentales hasta hacía no tantos años, y llegar allí era un viaje de tres días en autobús por una carretera atroz. No había todavía aeropuerto, en la capital, y solo se podía llegar en los meses de verano. Lo que quiero decir, es que en aquel entonces, el pueblo ladakí estaba relativamente poco contaminado, y su comportamiento parecía ser el de personas sencillas y felices). En su pobreza y miseria, vestidos con ropas harapientas, allí sentados sobre el suelo, mientras la voz del lama recitaba la inacabable letanía del viejo texto (era como la Biblia de largo), los ladakíes parecían dejar pasar los pensamientos sin problema, y no se les veía demasiado preocupados por controlarlo. No creo que ninguno de ellos estuviese enfrascado en la penosa tarea de identificar los pensamientos negativos de ignorancia, odio y apego, para aplicar el remedio adecuado.

En breve, tengo la sospecha de que el budismo “tibetano”, no es tibetano. Tal y como se enseña en occidente, es un invento occidental. O al menos un invento para occidentales, en el que han intervenido ciertos lamas tibetanos, cada vez más occidentalizados. Esas enseñanzas, donde el pensamiento debe ser controlado, para que no creemos mal karma, son completamente inútiles, pero se siguen enseñando en el centro budista de tu ciudad. Se sigue enseñando a los que acuden a ese sitio, como si fuese la panacea universal para acabar con el sufrimiento.

Yo estuve practicándolo varios años, como muchos de los que entonces aparecimos por el budismo tibetano. Uno de esos budistas occidentales, por cierto, un monje español que yo conocía desde los tiempos de la Universidad, tras enseñar a los demás ese método durante largos años, un día se derrumbó completamente, y entró en depresión. Toda su fe se vino abajo, y colgó los hábitos.
“He estado enseñando durante años un método para atajar el sufrimiento, que no funciona, me dijo. Y lo peor es que, sabiendo que no funcionaba, seguía enseñándolo. Y todavía peor, lo enseñaba asegurando que funcionaba, cuando yo sabía a esas alturas que no podía funcionar”.

Me miró con ojos de cansancio.

“Ha llegado un momento en que no puedo más”.
Ese día, mi amigo acarició la iluminación, tal vez, pero no se dio cuenta. Pero no hay nada malo en no darse cuenta. Al contrario, los niños no se dan cuenta, ni los ladakíes en aquel templo se daban cuenta. Estar en el paraíso, es eso, estar sin darse cuenta. Si te das cuenta, eres expulsado, como fueron expulsados Adán y Eva, cuando comieron del árbol del conocimiento. Y es que no se trata de saber. En realidad, se trata de NO SABER.

“El buen discípulo sigue firmemente decidido, los otros saben mucho y dudan de mucho”
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

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Un monje theravada sentado en la postura de meditación, que yo llamo "relajada" (salvo quizás por las rodillas, que están demasiado elevadas)

¿Respiración profunda y poderosa?





El Zen tiene un enfoque completamente distinto al que vimos en el anterior capítulo, sin embargo. En el Zen el modo de meditar, como ya hemos visto, empieza con una postura física (la posición que enseñó Dogen) Pero, ¿Qué hacer luego? En esto, también existen diferencias según las escuelas de Zen. En una de ellas, (la escuela Rinzai) se propone el método del koan (al que he hecho referencia en un capítulo anterior, y en el que no entraré otra vez por el momento) La escuela Soto del Zen aconseja meditar según el método conocido como shikantaza.

Hagamos un leve recorrido por las páginas web de Zen más conocidas, en español. En la página web del maestro Soto, Dokusho Villalba, por ejemplo, se dice primero que debemos poner mucho énfasis en la forma en que respiramos.
La respiración zen desempeña un papel fundamental en la meditación y en todas las acciones de la vida cotidiana Ante todo va dirigida a establecer un ritmo lento, poderoso, natural. Esta respiración esta esencialmente basada en una espiración larga y profunda.

Es por tanto necesario hacer que nuestra respiración adquiera profundidad, según esa escuela. Para que esto suceda, primero tenemos que estar sentados en la postura “justa”. Con la meditación, según explica ese maestro, debe llevarse a cabo una respiración cada vez más larga y profunda. “Esta espiración, añade, desarrolla una gran energía en la cintura, en los riñones y en la cadera”

Personalmente, mi forma de enfocar este aspecto, es diferente. La respiración no tiene por qué tener un ritmo lento, poderoso y natural. Por otro lado es claramente contradictorio pretender que la respiración adquiera un ritmo lento y poderoso, y además que sea natural. Si queremos que la respiración sea natural, dejemos que sea natural, no tratemos de adquirir ese ritmo lento y poderoso.

Interferir en la respiración es peligroso, por otro lado, en el sentido de que pueden producirse efectos no deseados (de los que he hablado ampliamente en mi primer libro, Más allá del Satori). Cuando se trabaja con el koan Mu, se enseña al estudiante a prolongar la espiración, al tiempo que se hace mentalmente Muuuuu… Esto puede producir un despertar de energía, excesivo, lo que no es en absoluto deseable. Yo he experimentado esos efectos, y no veo en ellos nada positivo. Creo que la espiración no debe prolongarse de manera artificial, por tanto. Si acaso, se puede estar un poco tiempo después de dejar salir el aire de los pulmones, antes de que estos vuelvan a tomarlo en la siguiente inspiración, pero siempre de un modo que resulte agradable y natural.

Cuando uno se sienta en la posición relajada, abandonado a la fuerza de gravedad, ciertamente los pulmones no pueden adquirir el mismo volumen de aire que en la posición de Dogen, donde estamos totalmente derechos. Es por eso, que de cuando en cuando, uno pasa de la posición relajada a la otra, pues hay ocasiones en que, en efecto, los pulmones piden llenarse totalmente de aire. Esto termina por percibirse de un modo natural, sin embargo, sin que tengamos que intervenir conscientemente en ello. No hay necesidad de marcarse un ritmo respiratorio, todo lo contrario, la respiración sucede de un modo natural (y por tanto, no profundo ni poderoso) Uno respira, simplemente, hasta que en cierto momento ve que no es él quien respira, sino que, en cierta medida al menos, es respirado.

Este es un momento importante, el ser consciente de que no somos nosotros quienes respiramos, sino que de algún modo somos respirados. Hay que decir que esto no es algo exclusivo del Zen, sino que sucede lo mismo en otras tradiciones, tanto budistas como no budistas. Precisamente, en cierto libro escrito por George Maloney, (un hesicasta o un monje ortodoxo que practica la Oración de Jesús), se lee:

El crecimiento cristiano hacia la vida en Dios, es el movimiento del ser total propio, dentro del Ser de Dios, de tal modo que la vida espiritual de alguien que puede ser descrito como orando en el corazón, puede legítimamente pensar que está “respirando” con Dios, compartiendo la respiración de Dios

Por tanto, cuando uno está sentado en la posición relajada, simplemente ve como respira. Es obvio que la respiración es básicamente abdominal, pero también interviene la caja torácica. La respiración es, posiblemente, “profunda y poderosa”, pero esto no debiera preocuparnos. Tanto si lo es, como si no, está bien. Cada cierto tiempo, sentiremos un deseo de hacer la respiración más completa, y esto es básicamente lo que nos lleva a modificar la postura, enderezándola lasta llegar a la posición de Dogen (las manos, sin embargo, continuarán relajadas) La nuca no tiene porqué enderezarse, pues ha estado siempre derecha.

En la posición de Dogen, sentimos un gran placer al respirar ahora en mayor profundidad. Hay que decir que, efectivamente, el maestro que he citado tiene razón cuando afirma que la respiración produce una gran cantidad de energía, pues ahora podemos verlo por nosotros mismos. Si respiramos de este modo dos, tres o más veces seguidas, sentimos en efecto una sensación de calor en el bajo vientre, el hara (o quizás simplemente fuerza), que se produce no solo por el aire que entra, sino sobre todo por la tensión muscular que hay en la zona lumbar y pélvica. Esa tensión, siendo limitada, es sin embargo continuada, por lo que la sensación de calor o energía, es evidente.

Como dije en el anterior capítulo, si una persona practica con el koan Mu (u otro similar) su sensación de duda le llevará a pasar la mayor parte del tiempo meditando en la posición de Dogen, con una respiración muy forzada. Esto es necesario, para poder pasar el koan, en la mayoría de los casos, al menos de un modo significativo. Pero hay que advertir sobre los efectos perniciosos de esa energía desmedida. En la India, se refieren a ella como la kundalini, como sabemos, y se la considera como la causa del despertar de la conciencia. No estoy seguro de que la energía desatada sea la que produce el despertar, pero creo que siempre no puede darse el despertar sin ella. Hablo aquí del despertar en el sentido de kensho o satori, naturalmente.

Con shikantaza no se produce, sin embargo, un despertar de ese tipo. Como ahora estamos básicamente considerando esta forma de práctica, no entraré en la cuestión del koan, (al menos de momento). Aquí no permaneceremos en la posición de Dogen más que unos pocos segundos, (un minuto, todo lo más) No es que debamos forzarnos a volver a la posición relajada al cabo de ese tiempo, todo lo contrario. Pasado ese corto espacio de tiempo, la sensación de tensión nos empezará a resultar incómoda y desagradable, por lo que si no oponemos resistencia (resistencia consciente, quiero decir) el cuerpo se relajará por sí solo, haciendo que el exceso de energía que podamos haber generado, se disipe en una deliciosa y larga espiración.

Precisamente, esa espiración a la que hago mención, es el motivo principal de que debamos de vez en cuando cambiar de posición mientras meditamos. Si uno ha practicado yoga alguna vez, se le habrá instruido para que se relaje, provocando primero una gran tensión en la zona del cuerpo que queremos relajar. Por ejemplo, si queremos relajar el brazo, se nos dice que cerremos el puño y tensemos fuertemente el brazo durante algunos segundos, al cabo de los cuales, soltaremos toda la tensión y sentiremos una gran relajación en ese miembro del cuerpo. Pues bien, nosotros durante la meditación, realizamos algo similar al tensar la postura durante algunos segundos, poniéndonos en la posición ortodoxa de zazen, tal y como Dogen la explica en el Fukanzazenji. Pasado ese corto tiempo (corto por lo general, pero nadie predice lo que ha de durar) la postura se relaja, el cuerpo es abandonado (como Dogen enseña) y entramos, brevemente, en un maravilloso estado de paz interior. Pero no pensemos que hemos alcanzado el Nirvana: Ese estado de paz, se verá alterado enseguida, por la invasión renovada de la actividad mental.

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Otra magnífica postura relajada
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

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¿Quién puede hacer cesar el oleaje del océano?

¿La meditación puede hacer cesar el pensamiento?





La mente está siempre activa, y nadie debe esperar que practicando zazen la actividad cesará. En esto existe mucha confusión, también. Confusión que algunos maestros de renombrada fama (aunque, a veces pienso que de realización algo dudosa) han contribuido, por otro lado, a promover. Véase, si no, esta aserción del Maestro Deshimaru sobre la práctica del zazen:

Sentados en zazen, dejamos que las imágenes, los pensamientos, las construcciones mentales, que surgen del inconsciente, pasen como nubes por el cielo - sin oponerse ni agarrarse a ellos. Como los reflejos en un espejo, las emanaciones del subconsciente pasan y pasan otra vez y terminan por desvanecerse

Es una idea muy extendida, en efecto, que los pensamientos terminan por desvanecerse, durante el zazen. Pero falsa. Los pensamientos jamás cesan, y si cesan en algún momento, es algo sumamente puntual e inesperado, que no guarda relación con nuestros esfuerzos. No cabe permanecer en constante expectativa de que el pensamiento se va a desvanecer. Eso es algo completamente inútil. El pensamiento, es como las olas del mar, que no cesan jamás. A veces son más encrespadas y a veces más calmadas, pero el oleaje del océano es incesante. No puede desvanecerse, por más que a veces las olas puedan ser tan mansas que el océano parezca casi un lago transparente. Aun así, existe un movimiento suave, apenas perceptible, en la superficie.

La mente se parece al océano, sí. A su manera es un océano, y así se le llama en la tradición budista Vajrayana: Yeshe Gyantso, océano de sabiduría, es el nombre que le dan los budistas tibetanos. La mente es un océano de una profundidad insondable, y su superficie está normalmente sometida a un fuerte oleaje, que es la actividad mental. Cada pensamiento podría compararse a una ola. Si, como sugieren algunos maestros de meditación, nos dedicamos a observar los pensamientos uno a uno, sería una tarea imposible, pues los pensamientos uno a uno son incontables. Mirar cada ola del mar, una a una, es una tarea inaudita, y además es inútil. Las olas en su conjunto, son un espectáculo mucho más fácil de contemplar, y mucho más interesante también, que contemplar cada ola, una a una.

El pensamiento es el oleaje de la mente y, por tanto, solo es su actividad superficial. La actividad mental no se desvanece jamás, como uno puede comprobar por sí mismo. Si después de leer el pasaje del Maestro Deshimaru, uno espera ver las olas desaparecer del océano, su esperanza se vendrá abajo en poco tiempo. El oleaje es incesante, y no tiene visos de desaparecer ni hoy, ni mañana, ni nunca. Por otro lado, si no desaparece ahora, ¿Cuándo va a desaparecer? La meditación nos enseña que, el ahora, es el único momento que existe. No vale la pena permanecer a la espera de que algo vaya a suceder fuera de este momento. No es necesario ser un gran maestro para entender una cosa tan simple. Las emanaciones del subconsciente (usando las palabras de Deshimaru) no pasan y pasan, sino que son el mismo océano. O si se prefiere el Tao. Esas emanaciones o pensamientos, forman parte de nuestra verdadera naturaleza, y no son algo indeseable. La idea de que los pensamientos son como la escoria de la mente, es una idea errónea, y por desgracia está tan extendida entre quienes practican el zen en esas escuelas, que muchas personas acaban por sentirse frustradas al ver que tales pensamientos parecen no tener final. Uno puede observar los pensamientos, como si fuesen nubes en el cielo esperando que, en cierto momento, se van a desvanecer. Pero como digo, tal cosa no sucederá.

Veamos el comienzo de una conocida historia, un koan zen. En cierta ocasión, Joshu (un monje zen chino, del siglo VIII) le pregunta a su maestro Nansen:

¿Qué es el Tao?
La mente ordinaria es el Tao – le respondió el Maestro.
¿Debo ponerme en camino hacia él? – preguntó Joshu.
Si te pones en camino hacia él, te alejas de él – dijo Nansen.


La mente ordinaria es el Tao, pero, ¿cómo llego al Tao? No hay que ponerse en camino, ya estás en él. Cuando nos sentamos en meditación, estamos en la situación idónea para darnos cuenta de esto. La mente, con sus pensamientos ordinarios, es el Tao. No hay que oponerse a ellos, ni estar ahí sentado, a la espera que se desvanezcan, puesto que ellos mismos son también el Tao. Podemos ver esto cuando dejamos caer cuerpo y mente, abandonándonos a la gravedad y dejando que el Tao se cuide de nosotros. Como si nos dejásemos caer en medio de un océano oscuro y agitado, nos precipitamos en su inmensidad, pero en vez de quedarnos en la superficie, movidos por el oleaje incesante, tratando de mantenernos a flote, nos dejamos hundir en sus profundidades, sin oponer resistencia. A medida que entramos en la profundidad, sentimos que el oleaje no es ningún obstáculo. Eso es meditar, y no otra cosa.

El Maestro Deshimaru añade, “Y llegamos al inconsciente profundo, sin pensamiento, más allá de todos los pensamientos (hishiryo), verdadera pureza”. Ciertamente, en la profundidad del océano, el oleaje de la superficie es algo remoto, pero no inexistente. En verdad, si llegamos al inconsciente profundo, el pensamiento no es ninguna molestia, pero el inconsciente profundo no es algo que podamos alcanzar por propia voluntad (ese es un punto que normalmente no se tiene en cuenta, cuando se habla de meditación, pero que es muy importante) Antes he dicho que nos dejamos hundir en las profundidades del océano, pero eso no significa que vayamos a llegar al inconsciente profundo, ni mucho menos. Un buceador no puede bajar más allá de unas decenas de metros por sí mismo. A partir de ahí, si uno no es conducido hacia adentro, no puede esperar bajar más.

Solo los grandes cetáceos son capaces de introducirse en las profundidades abisales, a miles de metros bajo la superficie, y permanecer allí durante horas o días. Un pequeño buceador no puede esperar llegar a donde llega una ballena, por mucho que lo intente. En ocasiones, los budistas hablan de la meditación como si todo dependiera del meditador, pero en esto creo que los cristianos tienen un punto de sabiduría importante a su favor. Ellos insisten en que no es posible llegar a la unión con Dios (en su lenguaje esto significa lo que en el budismo es la iluminación o ver la Naturaleza propia) por uno mismo. Por eso, no pretenden imposibles. La oración contemplativa (el equivalente cristiano de la meditación budista) no es simplemente una técnica mediante la cual una persona puede ir más allá del pensamiento. La oración es una manera de ponerse en camino, y llegar hasta el punto donde Dios puede actuar (Dejemos por el momento las discusiones acerca de lo que Dios pueda significar en el zen). En nuestra analogía, el buceador desciende hasta donde le permiten sus medios. La meditación es ir hasta donde uno puede. Solo eso. Lo que ocurra después, no lo sabemos.

Por eso, encuentro sumamente extraño lo que el M. Deshimaru escribe a continuación:

El cortex (sede del pensamiento consciente) descansa durante zazen, mientras que la sangre fluye hacia las capas más profundas del cerebro, las cuales se despiertan de un estado de somnolencia, ya que están mejor irrigadas. Su actividad da la impresión de bienestar, serenidad, calma, liberando totalmente despierto, las ondas cerebrales del sueño profundo 'alpha' y 'theta' (consulte con respecto a ese tema las investigaciones hechas en la universidad de Komazawa en Japón).

Por supuesto he consultado, no solo las investigaciones hechas en la Universidad de Komazawa (donde, por cierto, no aparece nada sobre ese tema) sino las investigaciones hechas en otras Universidades y Facultades de Medicina. En realidad este no es un tema nuevo para mí, llevo mucho tiempo interesándome por lo que la ciencia descubre acerca de la meditación. El que las ondas alfa y theta aparecen durante la meditación Zen, ya lo conocía. (Eso es sabido desde hace décadas) Pero los investigadores no han afirmado en ningún momento (que yo sepa) todo lo que Deshimaru asegura que ocurre, durante el zazen, en el cortex y las capas profundas del cerebro.

Personalmente, no doy crédito ninguno a esa explicación. No creo que el zazen produzca efectos de ese tipo en el cerebro. Si así fuera, el zazen no sería muy distinto de una droga. Muchas drogas se toman para producir cambios en la fisiología del cerebro. Los tranquilizantes, por ejemplo, producen cambios en la química del cerebro, y por ello tienen esos efectos relajantes. Si el zazen produjese ese efecto en el cerebro (bienestar, serenidad, calma), ¿qué diferencia habría con una droga? Si todo se redujese a una reacción fisiológica, la Medicina encontraría un medicamento que produciría ese mismo resultado sin necesidad de recurrir a la práctica del zazen. ¿Por qué no iba a hacerlo? Sería la pastilla definitiva, una pastilla para el bienestar. Lo malo es que, como todas las drogas, tendría sus efectos adictivos, y habría que ir subiendo la dosis para obtener el mismo resultado. En resumen: un despropósito.

En todo caso, y terminando con esto, si se dice algo como lo que viene en esa cita del M. Deshimaru, se debería al menos citar claramente cuáles son las fuentes de información. Decir así, sin más, que consultemos las investigaciones hechas en la Universidad de Komazawa, no es suficiente. En esa Universidad no aparece el resultado de ninguna de tales investigaciones, por lo que uno pone en duda que exista. Ninguna experiencia médica, realizada con personas que practican el Zen, permite en modo alguno afirmar que el cortex descansa durante el zazen, o que la sangre fluye hacia las capas más profundas del cerebro. Uno puede pensar que Deshimaru dijo en cierto momento, lo que de buena fe creía, pero cuando uno encuentra que discípulos suyos, escriben eso mismo en épocas recientes, no puede menos que pensar en la cantidad de confusión que existe sobre la meditación. Por eso, y no por otra cosa, es por lo que escribo este libro (aun sabiendo la imposibilidad de encontrar quien lo publique, salvo en Kindle, o en el presente foro). Pero al menos habré puesto mi granito de arena.

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Zazen no son pastillas para no pensar.
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

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Buceando en las profundidades

¿Se puede escapar del sufrimiento con la meditación Zen?





La imagen del buceador no es del todo adecuada, pues no se trata de meternos en una inmensidad como entes separados de la misma. No somos seres diminutos y alienados, que se atreven a bucear en un océano sin límites. La realidad no tiene nada que ver con eso. De hecho, lo que hacemos es bien distinto, pues a medida que entramos en las profundidades de nuestra mente, vamos tomando conciencia de nosotros mismos, de un modo que antes no conocíamos. Es, como si a medida que fuésemos soltando tensiones, fuésemos entrando en una fase de consciencia superior. A medida que las capas superficiales de la mente van quedando atrás, somos conscientes de nosotros mismos a un nivel mucho más profundo. No es que la actividad superficial de la mente (la cháchara habitual) cese, pero queda como lejos de nuestra atención, que ahora se centra en aspectos que desconocíamos, y a donde no puede llegar el pensamiento (al menos el pensamiento racional)

Es como si el buceador, a medida que desciende, se fuese haciendo uno con el océano, en su creciente inmensidad. Ahora se empieza a dar cuenta de que, el oleaje es solo la parte superficial, no su totalidad. No es que los pensamientos cesen, sino que tenemos otras cosas más importantes de las que ocuparnos. En cierta medida, existe una correlación entre lo que experimentamos y la zona del cuerpo donde ponemos nuestra atención. La mayor parte del tiempo, tenemos nuestra atención en la cabeza, y apenas somos conscientes de lo que sucede en el resto del cuerpo, y a nuestro alrededor. Los pensamientos ocupan la mayor parte de nuestra atención, en una situación normal, hasta el punto de que apenas somos conscientes de lo que perciben nuestros sentidos. Podría decirse que tenemos suerte si no vamos por la calle, tropezando con las farolas, pues casi todo nuestro campo visual está cubierto por la actividad de la mente superficial, donde sucede el oleaje incesante de los pensamientos. Y lo mismo sucede con los demás sentidos, de los que apenas somos conscientes.

La maraña de pensamientos es enormemente compleja. De hecho, puede decirse que somos zombis habitualmente, ya que estamos como atrapados en ese mundo de telarañas y sombras. Las preocupaciones, la insatisfacción, los recuerdos, las expectativas etc. parecen como proyectadas en nuestra pantalla mental, dejando nuestros sentidos apagados. De hecho, apenas somos conscientes de los trinos de los pájaros, por ejemplo. O del verdor de los árboles. O del color del cielo. Retazos de impresiones sensoriales pueden aparecer en nuestra conciencia, de vez en cuando. Un olor, la sensación de frío al salir a la calle en invierno, el sonido del metro entrando en la estación… Pero son apenas milisegundos de atención. El resto del tiempo, volvemos a sumergirnos en nuestra cháchara habitual, como si nada más tuviese importancia en nuestra vida.

La razón por la que leemos periódicos y revistas, o tenemos siempre algún aparato electrónico conectado, es para leer u oír una cháchara exterior que pueda hacernos olvidar un poco la cháchara interior. Una canción, o un anuncio, o una conversación sobre futbol, o un artículo de política, algo que nos haga olvidar por unos instantes nuestros “problemas”. Hoy en día, tenemos a nuestro alcance una buena cantidad de aparatos que cumplen esa función, de un modo cada vez más sofisticado. Los ordenadores, los móviles, las tablets y un largo etcétera. Cualquier cosa que ocupe nuestra mente pensante en algo que no sea nuestro interminable monólogo, es buena. Ocuparnos de los problemas del vecino, puede hacer que olvidemos nuestros propios problemas durante un rato, de modo que pasamos horas delante de la TV viendo programas basura, donde se habla y se critica (de un modo deleznable, con frecuencia) a los llamados “famosos”.

¿Y qué decir de la religión, que tuvo en otras épocas una importancia tan enorme? ¿Cómo es que hoy, apenas un puñado de personas parece interesarse por ella, aquí en occidente? Aunque, bien mirado, no es enteramente cierto que la religión haya desaparecido de nuestras vidas. De hecho, la inmensa mayor parte de las personas sigue siendo profundamente religiosa, es solo que ha cambiado de religión. Ya no es la religión católica, o protestante. Incluso los musulmanes y los hindúes (por citar solo las más numerosas) están cambiando de religión. (Aunque entre los musulmanes, la presencia de los extremistas violentos, está causando una involución terrible en muchos países) Pero en cualquier caso, ahora son los deportes: el futbol, el tenis, el béisbol, el baloncesto, el Tour de France, las Olimpiadas…. Ciertamente estas son las nuevas religiones.

Fijémonos con cuidado en los hinchas de cualquier equipo de futbol, y veremos que son personas religiosas en grado sumo. Dedican todo su tiempo al equipo, acuden a los partidos como antes se acudía a ceremonias en la iglesia. Se participa en una liturgia, vestidos con camisetas del equipo, con banderas, bufandas, gorras… El futbol ocupa la atención de millones de personas durante horas al día. Las reuniones que antes se hacían en los templos, ahora se hacen en los estadios, o incluso en el bar de la esquina. Si antes se ponía en el sacerdote toda nuestra atención, cuando se celebraba la misa, ahora se pone en los jugadores (en determinados jugadores, sobre todo) Si antes esperábamos recibir una experiencia religiosa al comulgar en la eucaristía, el subidón sucede ahora cuando nuestro equipo marca un gol. Si antes adorábamos a Dios en el sagrario, ahora adoramos a un semidios cuando chuta el balón y da en la red. El pseudo éxtasis se ha trasladado del templo al estadio. Se ha pasado del fervor por los santos de la Iglesia, al fervor por los ídolos del deporte.

Pero cuando todo cesa, y nos retiramos a la cama al final del día, nuestra mente vuelve otra vez con sus inacabables conferencias. No hemos conseguido librarnos de ellas, tan solo las hemos aparcado por algunas horas. Ahora que estamos de nuevo solos, la mente vuelve a la carga, con renovadas fuerzas, y nos mantiene despiertos durante la mayor parte de la noche, o soñando sin parar, y sin dejarnos descansar como querríamos. ¿No hay forma de librarnos de ella? Desesperados recurrimos al alcohol, a las drogas, a los medicamentos. El médico es el último recurso al que acudir en busca de consuelo. Si antes era el sacerdote, ahora es el médico el que puede escuchar nuestra confesión, nuestras preocupaciones, nuestros miedos, nuestros delirios… Aunque sea por unos minutos, nos sentimos escuchados, sí, pero ¿puede ayudarnos el médico, realmente? Por desgracia, el médico es uno más, y no tiene una verdadera solución. Solo tiene el poder de recetarnos medicamentos, tranquilizantes, somníferos…, lo que haga falta. Pero no hay pastillas para no pensar. Al menos, por ahora.

Por tanto, el pensamiento no cesa, ni puede cesar por nuestros esfuerzos. Ahorrémonos la frustración de sentirnos incapaces de ir más allá del pensamiento, al practicar la meditación zen. Ni tú ni nadie puede dejar de pensar, no eres solo tú. Es verdad, en ciertos momentos, por razones muy diversas, somos catapultados más allá del pensamiento. Esto me sucedió cuando practicaba con el koan Mu, y más tarde otros koans similares. Sucede también en situaciones extremas de supervivencia, o en guerras, accidentes etc. O en experiencias próximas a la muerte (NDE) El pensamiento cesa ciertamente en ocasiones, y entonces parece que entramos en otra dimensión. No es necesario practicar el Zen para ello, ni hay nada que hacer o no hacer, para que ocurran. Muchas de esas experiencias pueden tildarse, ciertamente, como experiencias de iluminación, y cambian a menudo la vida de quienes pasan por ellas.

Lo que aquí se propone, sin embargo, no es exactamente la búsqueda de esas experiencias, sino más bien un entrenamiento para recibirlas cuando estas sucedan (si es que suceden) Desde el punto de vista del Zen, la práctica de la meditación es el método principal de adiestramiento mental, para la iluminación. Y no solo eso, es también una forma de vivir conscientes en todo momento. La meditación es una manera de salir adelante en momentos difíciles, pero también de aceptar nuestras limitaciones como seres humanos. Por eso es por lo que escribo este libro sobre la práctica de la meditación.

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La experiencia mística del domingo
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

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¿Ser incapaz de no pensar, es una enfermedad terrible?

Otras maneras de verlo





Como antes dijimos, abandonar nuestro cuerpo durante la meditación, dejando que se relaje, es el primer paso en la buena dirección. Pero tampoco se trata de quedar como un peso muerto. De vez en cuando, nuestro cuerpo pide volver a la posición de Dogen, y entonces tensamos los músculos dorsales y enderezamos la postura. Entrar en esa postura, aunque sea durante un momento, es algo que nos produce energía, y es muy deseable que así sea. Esa energía se puede notar en el hara, y es una sensación muy agradable. Permanecemos en esta postura sin forzar, el tiempo que nos sintamos cómodos, pero en cuanto sintamos una ligera sensación de incomodidad, no merece la pena continuar en ella. A partir de ahí, lo único que obtenemos es cansancio y desasosiego crecientes. Si, siguiendo erróneamente, la idea de que esa postura nos lleva más allá del pensamiento, nos esforzamos por mantenernos rígidamente erguidos, entraremos en un creciente desasosiego y frustración, como si estuviésemos empujando un muro.

Volver a la posición relajada nos proporciona en cambio grandes beneficios. Al desaparecer la tensión, sentimos un enorme sosiego, y esto se ve en que realizamos una larga espiración. No una espiración forzada, en absoluto, sino totalmente natural. No tenemos por qué forzar para nada la respiración. Si nuestra práctica es el shikantaza, la respiración debe ser natural en todo momento, y no hay que modificar para nada su ritmo. Pero precisamente, por no querer hacerlo, podría ser que sucediera, lo cual es contraproducente.

Una cosa que se puede hacer, es concentrarse en los latidos del corazón, un momento, en vez de la respiración. Estando en la postura relajada, los latidos del corazón pueden sentirse, especialmente después de espirar, durante el tiempo en que esperamos la necesidad de tomar aire de nuevo. Sentir los latidos del corazón es una experiencia muy distinta a sentir la respiración, porque, así como la respiración puede ser modificada, los latidos no. El corazón late a su ritmo y no lo podemos cambiar, por ello, resulta una experiencia muy diferente concentrarse en el ritmo cardíaco. No hay que preocuparse, el ritmo no se ve afectado por nuestra atención, de modo que podemos sentirlo todo el tiempo que queramos. Normalmente, al inspirar, los latidos dejan de sentirse, pero vuelven a sentirse al espirar. Esta es una forma alternativa de practicar la meditación, por tanto: concentrarse en el ritmo cardíaco, en vez del ritmo respiratorio.

No debemos preocuparnos más por los pensamientos. No debemos tratar de intervenir en ellos, para ir más allá de ellos. Eso es un error, pero muchos maestros hacen un enorme énfasis en intervenir sobre los pensamientos. Eckart Tolle, por ejemplo, en su libro El Poder del Ahora, escribe:

Ser incapaz de no pensar es una enfermedad terrible, pero no nos damos cuenta de ella porque casi todo el mundo la sufre y se considera algo normal.

Y añade a continuación:

Este ruido mental incesante te impide encontrar el reino de quietud interior que es inseparable del Ser y crea un falso yo fabricado por la mente, que lanza una sombra de miedo y sufrimiento.

Con todo mi respeto por Eckart Tolle, tengo que decir tajantemente que eso no es cierto. El ruido mental incesante no impide encontrar el reino de la quietud interior, eso es falso. La quietud interior puede producirse, con o sin ruido mental, porque no se trata de eliminar el pensamiento, sino de entrar en las profundidades de la mente. Si nos dedicamos a poner trabas al pensar, en vez de abandonarnos a la gravedad y dejarnos caer hacia el centro de nuestro ser, lo único que conseguiremos es potenciar todavía más el pensamiento.

Quizás, en esto sea de alguna ayuda recurrir al libro de Santa Teresa, Las Moradas, que ya antes he citado. En las moradas cuartas, que es cuando el alma empieza a tener ya experiencia de unión, dice en cierto momento:

Yo veía, a mi parecer, las potencias del alma empleadas en Dios y estar recogidas con El, y por otra parte el pensamiento alborotado

Es decir, en medio del pensamiento alborotado (o ruido mental incesante) las potencias del alma están empleadas y recogidas en Dios. En lenguaje budista, no se habla así, pero no es necesario que hagamos constantemente traducciones a esa otra manera de expresarnos, porque queda perfectamente claro lo dicho por Santa Teresa.

Por desgracia, el error se ha extendido de una forma extraordinaria, y hoy se achaca al pensamiento todos los males del siglo. Que el pensamiento no cesa, es algo que todo el mundo ve por sí mismo. El problema, sin embargo, no es pensar, sino querer ir más allá del pensamiento. Eckart Tolle propone una curiosa y sutil técnica para acabar con el pensamiento compulsivo que, vista en teoría, parece fantástica. Consiste en observar, no el pensamiento, sino al pensador, desde fuera.

La libertad comienza cuando te das cuenta de que no eres la entidad posesora, el pensador. Saber eso te permite observar la entidad. ¿Y qué sucede cuando observas al pensador? En el momento en que empiezas a «observar al pensador», se activa un nivel de conciencia superior. Entonces empiezas a darte cuenta de que hay un vasto reino de inteligencia más allá del pensamiento, y de que el pensamiento sólo es una pequeña parte de esa inteligencia

Una técnica aparentemente sencilla, pero que llevada a la práctica es sin embargo inservible. La técnica de meditación de Eckhart Tolle no exige ninguna postura en particular, según él mismo indica. Puedes sentarte en un sillón, cómodamente, aunque aconseja que tengas la espalda derecha. Entonces comienzas a situarte fuera del pensamiento, observándolo. A ese observador, Tolle le llama el testigo. Somos por tanto el testigo, no el pensador. Y si observamos un determinado pensamiento que surge, no solo el pensamiento desaparece: también lo hace la falsa entidad, que es el pensador. Esto crea un espacio de no pensamiento, que es una pequeña iluminación, pero es el comienzo. A partir de ahí, surgirán nuevos pensamientos, y seguiremos aplicando la técnica. El proceso ocurre siempre en el ahora, y no es necesario hacer otra cosa que observar en el momento presente.

Como digo, la idea parece correcta. Pero es solo eso, una idea. Si uno intenta aplicarla, lo más probable es que se canse y lo abandone pronto. Claro, si oyes a Eckart Tolle en un vídeo, y sigues sus palabras, su poder de convicción es enorme. (Además de hablar muy bien, tiene un gran sentido del humor, por lo que me encanta ver sus videos y oír sus charlas). No entraré a considerar aquí su grado de realización interior, (eso es algo que nadie puede saber, ni siquiera él mismo). Lo único que digo es que su técnica no es tampoco la panacea universal. Creo que, como todas las técnicas, tiene un alcance limitado. Su éxito sin embargo es enorme, lo que quiere decir que ha conectado con un tipo de persona a la que no le gusta una práctica demasiado formal, como el zazen, sino algo más inmediato de aplicar. Yo comprendo a esas personas, y admito que la práctica que les enseña Eckhart Tolle, es cómoda y sencilla. No obstante, (y sin querer ofender a nadie) creo que el zazen es mejor.

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...y por otra parte el pensamiento alborotado.
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

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Tensión

¿Pensar sin pensar?





Lo que el Zen propone, no es una técnica, sino un camino, que es muy distinto. Se le llama el camino de la iluminación, o el camino del despertar, y no tiene nada que ver con poner fin al pensamiento, a pesar de ciertas erróneas interpretaciones que han hecho maestros precisamente Zen.

Por ejemplo, el maestro Dokusho Roshi, escribe en su introducción a la práctica de zazen algo sobre la relajación dentro de la práctica, que es completamente incierto:

Podemos caer en un estado de relajación física y mental caracterizado por una gran actividad inconsciente, muy cercana al sueño, y por una falta de tono muscular. Este estado es llamado konchin en el Zen. Es un estado de somnolencia, de falta de claridad. La vigilancia se empaña y la conciencia se embrutece. El cuerpo pierde tono, la cabeza cae hacia adelante, los dedos pulgares se desploman y las manos yacen inertes. La respiración se vuelve totalmente inconsciente y se abandona a su propio ritmo. Este estado debe ser evitado.

Este estado, no solo no debe ser evitado, en mi opinión, sino que es un estado altamente recomendable. Es cierto que los dedos pulgares podrían desplomarse, y las manos yacer inertes (aunque yo preferiría decir que están relajadas, suena menos tétrico), pero la cabeza no cae hacia delante. Por otro lado, las manos pueden mantenerse unidas al cuerpo, con los dedos pulgares tocándose, sin gran dificultad. Basta ponerse, como ya dije en otro capítulo, una tira de tela, liada al abdomen, en forma de cinturón, y poner las manos arropadas en dicha tela.
Por otro lado, no nos encontraremos en un estado de somnolencia, en absoluto, ni de falta de claridad, (como declara Dokusho Roshi). Y por supuesto, la conciencia no se embrutece. Ese desprecio hacia lo que llama konchin, no debe hacernos dudar de la necesidad de la relajación dentro de la postura de zazen.

Durante treinta y pico años he estado tratando de evitar esa postura, por considerar que era errónea, pero sin embargo, el cuerpo tendía a ella una y otra vez. Con una sensación casi de vergüenza, comprobaba que mi postura se relajaba, a pesar de todos mis esfuerzos por mantenerla rígida. La mayoría de los maestros de Zen, al parecer, no han comprendido que el cuerpo humano se mueve entre el estado de tensión y el estado de relajación, y pretenden evitar este último a toda costa. Salvo que tomemos el zazen como una práctica gimnástica, en la que hay que aguantar más que los demás, (en el fondo, para que se vea que soy mejor practicante que ellos), la postura debe pasar de una posición a otra, de manera corriente, a lo largo de la meditación. Nadie puede decidir por nosotros cuando relajar la postura y cuando tensarla. Es el mismo cuerpo el que lo sabe.

A veces podemos incluso dormirnos un poco, esto no es ni malo ni bueno. Yo no me duermo normalmente, pero si diésemos una cabezada en un momento dado, no hay nada reprochable en ello. Quisiera contribuir desde aquí a que todas las exageraciones que se han colado en el Zen, desapareciesen. El zazen es un modo excelente de sentarnos a meditar, pero no podemos convertirlo en una práctica de tipo militar. No se trata de estar firmes durante treinta o cuarenta minutos, sino de entrar dentro de nuestra postura y comprenderla. ¿Por qué a veces queremos relajarnos? Porque lo necesitamos. ¿Por qué a veces queremos tensarnos? Por la misma razón. Pasar de la relajación a la tensión, y de la tensión a la relajación, constituye, desde mi punto de vista, una parte esencial de la práctica, y no un simple pasatiempo. Quisiera explicar un poco esto a continuación.

Si uno está tensado, y suelta toda la tensión, se produce en la mente una sensación de bienestar y relajación. Esa sensación irá acompañada de una espiración profunda, y un abandono momentáneo de la actividad mental (el pensamiento) Es probable (y hasta frecuente) que al abandonar el cuerpo a la gravedad, percibamos un ligero eco de profundidad, por así decir. La relajación del cuerpo, conlleva una relajación en la mente, por lo que es ese momento de relax en que soltamos nuestras tensiones con una suave exhalación, un momento clave para sentir que entramos en la profundidad de la conciencia. No tenemos que buscar nada, solo darnos cuenta. Es posible que ese momento sea cuando podamos entrar en zonas de nuestro cuerpo como el corazón, o el hara (abdomen, en japonés) que es donde parece residir el yo.

El ego no es el yo, en eso todos los maestros están de acuerdo. El ego es un falso yo, pero existe un yo verdadero. Encontrarlo, es la meta del zen, y de toda religión (aunque a veces se piense que la meta es encontrar a Dios) El yo verdadero no es una quimera. Una vez se da con él, se sabe que es real. Por supuesto no es posible verlo, como se ve la pantalla del ordenador, puesto que no es una realidad objetiva. Está tan cerca de nosotros que no podemos verlo, ni oírlo, ni percibirlo por medio de los sentidos. Tampoco podemos atraparlo con el pensamiento. No es el testigo, del que habla Eckhart Tolle, tampoco. No podemos ponerlo en palabras. No cabe en el pensamiento. El Zen lleva a experimentar íntimamente ese yo.

Tampoco es necesario que cese el pensamiento para que lleguemos a experimentar el verdadero yo. Ese es otro error sumamente extendido. Puede cesar, desde luego, pero no seremos nosotros quienes logremos tal cosa. Mucha gente tiene un breve kensho, durante la práctica de zazen cuando practica con un koan, en el que se dan cuenta de su verdadero yo, sin que el pensamiento haya cesado. Hay experiencias más profundas, en cambio, en las que el pensamiento parece haber cesado, pero esto no ocurre en todos los casos. Si una persona alcanza esa experiencia, con una mente agitada, no por ello su experiencia es menos autentica. Podemos tener esa experiencia también sin practicar con un koan, simplemente sentándonos. Pero en todo caso, insisto, no hace falta ir más allá del pensamiento (recordemos lo que decía Santa Teresa, y que cité yo mismo en el anterior capítulo). Por otro lado, ¿qué es ir más allá del pensamiento? Pensar sin pensar, como dice Dogen. Pensar sin pensar, ¿no es pensar después de todo? Por tanto, insisto, no intentemos hacer nada con los pensamientos, no busquemos espacios de no pensamiento, no queramos que cese, no tratemos de no pensar. Eso sería, desde mi punto de vista, un error.

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