Volvamos ahora a Ajahn Munindo. El capítulo que estamos leyendo, de su obra
Servidor de la realidad, se titula, como dijimos,
Servir al Buddha, veamos un párrafo donde aclara el sentido de esto
Examinemos ahora que quien es el Buddha a cuyo servicio nos ofrecemos. Es la conciencia misma. Es la mente que simplemente conoce. Comprometerse a servir al Buddha significa comprometerese a comenzar de nuevo, una y otra vez, a pesar de que muchas veces se pueda olvidar perdiéndose en el mundo confuso de las experiencias. El Buddha es el conocer, y los millares de experiencias es aquello que es conocido. Cuando olvidamos nuestro compromiso con la conciencia del simplemente-conocer, cuando nos perdemos en el apego a la actividad de la predilección y de la repulsión, nosotros nacemos en una experiencia. [...] El punto en el que estamos a punto de apegarnos y perdernos en el mundo es exactamente el punto en el que se puede dejar ir el nacimiento y la muerte. En ese momento no estamos obligados a renacer. Los servidores del Buddha se adiestran a anteponer la conciencia a toda actividad que surge y termina al interior de la conciencia. Dado que no quieren vivir la vida eternamente desilusionados, se adiestran a estar abiertos, preparados, vigilantes e interesados en la realidad
A menudo tiende a pensarse Buddha como algo externo a nosotros mismos, como alguien que descubrió un camino y cuyo testimonio sobrevive en la forma de la religión que llamamos budismo. Sin embargo aquí A.M. da un salto que me resulta familiar (desde mi visión mahayana), pero que no se si es tan frecuente en el Canon Pali, identifica el Buddha con la propia conciencia. No es a una religión, o a sus estructuras materiales y humanas, a lo que hay que servir, es sirviendo, ocupándonos diligentemente de todo y todos como nos ocupamos de nosotros mismo, ocuparnos de nosotros mismos no es diferente a ocuparnos de todo, de la realidad que nos constituye y somos.
La conciencia (vijññana, en sanscr.) suele interpretarse en el budismo como uno de los cinco agregados (saṃskāra, en sanscr.) y, por su volubilidad (figurada a veces como "mente de mono"), su impermanencia, etc., se considera una de las fuentes del malestar (duḥkha, scr.), mientras que el Buddha es todo lo contrario. Sin embargo A.M. los identifica.
Inmediatamente nos dirá a qué se refiere cuando habla de esa conciencia que es Buddha: "Es la mente que
simplemente conoce", es decir que conoce lo cognoscible simplemente, sin interponer el propio "yo", sin obstaculizar. La mente y sus contenidos se separan solo aparentemente. Escucho aquí un eco a doctrinas mahayana, especialmente a aquellas recogidas en la filosofia mahayana yogacara.
Me sucede con frecuencia que esos "ecos" se despierten en mí cuando leo a los monjes de la tradición tailandesa del bosque. El Mahayana fue ampliamente seguido en Tailandia (actualmente casi completamente Theravada) hasta alrededor del siglo XIII-XIV, y de hecho incluso en los templos actuales no es infrecuente encontrarse con representaciones de bodhisattvas; me pregunto a veces si no estaríamos aquí ante indicios residuales de aquella influencia, pero me faltan conocimientos suficientes para avalarlo.
Siendo la realidad del mundo incesantemente cambiante, el despertar de lo ilusorio de esa realidad a lo verdadero de esa misma realidad, deberá ser también una tarea incesante, momento a momento, nunca una tarea acabada, en palabras de A.M.: "comprometerse a servir al Buddha [es decir, a esa conciencia simple, limpia de obstrucciones] significa comprometerse a
comenzar de nuevo, una y otra vez". Es ahora, en cada ahora, que debemos despertarnos, una y otra vez.
Sigue A.M. "El Buddha es el conocer, y los millares de experiencias es aquello que es conocido". Solo hace falta que no nos interpongamos, que no metamos nuestro "yo" en medio, es decir que no nos perdamos en "el apego a la actividad de la predilección y de la repulsión". Cuando no hacemos eso, cuando olvidamos Buddha: "nacemos", es decir damos origen simultaneamente al "morir", al sufrimiento de perder aquello a lo que nos habíamos apegado (a algo, alguien o a nosotros mismos).
A.M. nos dice también dónde situar el foco: "El punto en el que estamos a punto de apegarnos y perdernos en el mundo es exactamente el punto en el que se puede dejar ir el nacimiento y la muerte". ¿Pero dónde está, qué es ese punto, qué es lo que hay que dejar?. Me vienen aquí a la memoria las palabras de Changlu Zongze, un maestro chan del siglo XII: "
Si un pensamiento surge, sé consciente de este. Cuando seas consciente, este desaparecerá. Cuando se aplica este método durante un largo periodo de tiempo las condiciones son olvidadas y todo es unificado naturalmente. Esta es la esencia del zuo-chan (zazen, en jap.)". Es en ese mismo "punto", en el aparecer de la realidad, o mejor dicho de la representación de la realidad (pues A.M., muy al estilo mahayana no separa el fuera, la realidad, del dentro, lo que surge y termina en la conciencia), el cuándo y el dónde es posible tomar una u otra dirección, la de seguir el flujo del pensamiento movido por el querer-no querer, o la de nadar a contracorriente de ese flujo, hacia su fuente vacía, fresca, hacia lo que aquí y en el mahayana es denominado a veces como la "mente", desnuda de nuestras elucubraciones y preferencias.
Aquel "
ser como islas, o como lámparas, para vosotros mismos", pronunciado por el Buddha poco antes de morir, no es distinto de la actitud propia de aquellos que "no quieren vivir la vida eternamente desilusionados" y que para ello se adiestran para "estar abiertos, preparados, vigilantes e interesados en la realidad". Con los brazos abiertos a todo aquello que sucede, acogiendo los infinitos ríos igual que el mar, como dice Dôgen cuando nos habla de la mente grande (
daishin, 大心), y sobre la que hemos hablado en
otro hilo).
Escuchando a Ajahn Munindo, en algunos momentos me parece estar escuchando las palabras de algún maestro zen antiguo. Los distintos "ríos" del todos los diferentes budismos confluyen en el único mar de Buddha.
