Si bien el planteamiento en sí, es una muestra de la seriedad y el compromiso de la práctica de quien así reflexiona en un momento dado y con ello se cuestiona la necesidad o no de adoptar una mayor formalidad visible a la hora de continuar el recorrido de su práctica, creo que para cualquier practicante, sea de la tradición que sea, que tome tal idea con la debida seriedad y no como un pensamiento pasajero, resultan inevitables las siguientes cuestiones:
Dado que en los países de tradición budista los monasterios viven, fundamentalmente, de las donaciones de los laicos lo cual nos habla de una estructura institucional y social a la habida en nuestras tierras hasta hace no mucho con la Iglesia cristiana - por simplificar con un ejemplo cercano -, entonces: ¿Es esperable y deseable, que la Vía de Buddha, se hable desde la tradición de la que se hable, importe esas costumbres y tal tipo de relaciones y estructuras sociales en Europa? Si alguien que decide hacerse monje en Europa, podría contar raramente con donaciones como fuente de ingresos, más aún teniendo en cuenta que en algunos países ni siquiera hay monasterios de algunas tradiciones budistas, ¿qué diferencia habría entre un monje que trabaja y un laico? ¿Tan solo el número de reglas/prescripciones que sigue? ¿Tendría sentido, entonces, albergar, mantener, tal distinción entre monje y laico en la Vía de Buddha en el s. XXI?
Para ilustrar el punto, me gustaría citar algunos fragmentos de un artículo de Buddhadasa que, si bien tienen una relación con el tema de manera general y no hay ninguna mención explícita al mismo, sí que establecen el punto de partida de cualquier practicante budista a la hora de abordar cualquier dicotomía, pertenezcan estas a un plano personal o colectivo (o a ambos):
La mente luminosa está equilibrada y la mente corrupta se encuentra desequilibrada. Cuando las corrupciones (kilesa) aparecen, toman el mando. Entonces, las cosas dejan de encontrarse en equilibrio. Y cuando la mente está fuera de su sitio, a veces se desvía hacia la izquierda, otras hacia la derecha, otras hacia arriba, otras hacia abajo, o hay demasiado o hay demasiado poco. Esto es lo que ocurre con las corrupciones: el equilibrio puro, natural de la mente se ve obstaculizado. Esto nos muestra la importancia de soltar, de abandonar la influencia de las corrupciones para vivir en equilibrio la Vía Media.
Cuando los instintos están fuera de control, se vuelven egocentristas y esto da lugar a todas las corrupciones. Los instintos fuera de control arranca a la mente de la Vía Media arrojándola al callejón sin salida de kilesa (las corrupciones mentales). Esto es importante saberlo.
[...]
Es una cuestión de interés a la hora de volver al camino, de volver al equilibrio, al recto estado mental. Para facilitar su comprensión, echemos un vistazo a algunos pares de cosas que nos apartan de la Vía Media.
Deseo y aversión
El primer par es "extremos de la izquierda y extremos de la derecha." El extremo a la izquierda es dirigirse demasiado acorde con los propios deseos y anhelos. Es el extremo de la codicia y el deseo, de la sensualidad y la complacencia en la sensualidad, complacencia en las cosas que conducen al placer, siempre intentando obtener placer. Este es un extremo.
El otro extremo, - el de la derecha - es el opuesto. Es el extremo de la aversión, del odio, del rechazo total de las cosas. Podríamos odiarnos a nosotros mismos, infligirnos dolor deliberadamente, incomodidad y dificultades a nosotros mismos. O podriamos odiar o sentir aversión al deseo. Al aferrarnos al odio al deseo, podríamos llegar a lastimarnos, deliberadamente, nuestros órganos sexuales con la vana esperanza de que el deseo quede destruido en el acto.
Luego el primero par está formado por la complacencia en el placer, por un lado, y la complacencia en el dolor, la aflicción y la mortificación, por el otro[...]
Bien y mal
Tenemos otro par que funciona del mismo con bien y mal. Una vez más, cuando la mente se encuentra desequilibrada ya no está en el medio, opta por un lado y realiza preferencias. Cuando algo nos agrada, entonces, o resulta de la forma que deseamos, lo juzgamos como bueno, pero es evaluado como tal de una forma desequilibrada, egocéntrica. Cuando algo no nos complace, cuando no se ajusta a lo que deseamos, lo juzgamos como malo. Ninguno de los dos está equilibrado porque no están viendo las cosas tal y como son, según el proceso de idappaccayata (dado que esto es, esto surge). Por lo tanto, nosotros juzgamos, valoramos las cosas como buenas o malas de una manera egocéntrica. Estar equilibrado, sin embargo, la forma apropiada de expresar esto sería que la mente se encuentra más allá del significado de bueno y malo.
Si comprendes lo que se está diciendo acerca de este par de opuestos, entonces, comprenderás lo que se dice en el Génesis. Dios prohibió a Adán comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal. Dios le dijo a Adán que no tocara dicho fruto, con estas palabras: "si comes del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, entonces morirás." El apego al bien y al mal significa muerte.
Una persona común ve todo lo que aparece ante él. Cada cosa es juzgada según el dualismo. Todos estos pares de opuestos son entendidos como existentes de manera real en la medida en que la mente de una persona común se ocupa con ellos. Pero esto no es verdad. Estas apariencias comunes, estas visiones de la mente común, no son ni verdaderas ni reales. Cuando seguimos estas apariencias del dualismo, esto conduce al apego del bien y el mal, lo que significa muerte. Esto es lo que quiere decir el segundo capítulo del Génesis.
Al hilo de los fragmentos del artículo de Buddhadasa sobre la Vía Media y la cuestión planteada al inicio del mensaje, se me ocurren las siguientes cuestiones: mantener una distinción fija y fuerte entre monje y laico, ¿no es una continuación de nuestro aferrar el sentido de bien y mal - o bueno y malo -, en este caso, entre monje y laico, o, si se quiere, entre budista mejor y peor, o entre budista de primera y budista de segunda? Plantear y mantener tal clase de distinciones, tal y como existen en los países asiáticos hasta ahora, sin reparar - y reflexionar - en las distinciones de nuestra sociedad presente, ¿no es "apartarse de la Vía Media, aferrando nuestras preferencias, nuestros prejuicios sobre aquello que está bien y lo que está mal"?
Que haya o no, ya no un monacato, sino un Budismo, sea de la tradición que sea, que se diga occidental y del s. XXI, no puede dejar de lado estas - y otras - cuestiones.