Cuando nos hemos sentado juntos, tu y yo, a hacer zazen, de eso no hemos hablado jamás, hemos estado sentados en la quietud y el silencio, en el que toda distinción, toda discriminación desaparece.
Eso es verdad. Y me hubiera gustado poder seguir haciéndolo, pero no es fácil en estos tiempos. Nuestro común amigo, el que hizo un zendo en su chalet, sigue haciendo zazen con un grupito, según me dijo hace poco. No vive tan lejos, y podríamos haber seguido haciendo juntos, pero así es como son las cosas. Los tres sabemos demasiado y no hay modo ya de ponernos de acuerdo. Por lo demás, hace falta un sitio físico, con cojines, zafutones, etc, lo cual, no es que sea difícil, pero requiere un esfuerzo y una inversión. Y, sobre todo, requiere ponerse de acuerdo en lo básico, que es el modo de practicar. No es una doctrina, es algo mucho más sutil y, por eso, es todavía más dificil estar de acuerdo.
Posiblemente sea por ese motivo (el desacuerdo sutil entre las diferentes aproximaciones a la práctica de zazen) por el que el Budismo Zen no tiene demasiado arraigo en occidente. Hay docenas de pequeños grupos y escuelas, con sutiles diferencias en el modo como practican, y esas sutiles diferencias se convierten en obstáculos insalvables en poco tiempo. Al final, hay docenas de grupúsculos que se dividen más y más, y se enfrentan entre sí de forma enconada (esto me recuerda mucho a los grupúsculos de izquierdas en la época del tardo franquismo). Hoy cada persona que practica zen durante unos años, funda una nueva escuela. Eso no es manera.
¿Y al final, para qué? Cuando uno se sienta en un cojín, da igual lo que haga. Yo me acuerdo de los dos meses que pasé en el monasterio de Tangen H. Roshi, que fue el tiempo más feliz de mi vida. Había una atmósfera totalmente acogedora, donde nadie entraba en el terreno de nadie. Nadie preguntaba a nadie cómo practicaba, ni qué hacía, ni cual era el zen correcto, ni ninguna otra cosa. Todo eso se hacía con el maestro únicamente. Y, las enseñanzas que yo recibí de él, fuero enormemente simples, sin ninguna complicación, digamos, ideológica. Yo no llegué a practicar en el zendo, sino en el Seitan, (el antecendo), donde estaban los torpes (los que se movían, cambiaban de postura, o no se sentaban de un modo demasiado correcto). Desde entonces, me di cuenta que ese sigue siendo mi sitio. Aquella corta (pero intensa) experiencia cambió mi modo de hacer zazen.
Tal y como lo veo ahora, no se trata de hacer zazen así o asá, sino de hacer zazen del modo que cada cual lo practique. Se aprende con la práctica, simplemente, sin que nadie te enseñe. Pero hay muy poca gente que tenga interés en el zen, así que hay que abrir el abanico, y aceptar a cualquiera que quiera "simplemente sentarse media hora", haciendo lo que sea. Y no hay más remedio que aceptar los nuevas posibilidades que se dan, créeme. Es mejor sentarte con otras personas con una pantalla de por medio, que sentarte solo. No, no propongo nada. Ya no tengo posibilidades de hacer nada. Ahora me siento dos horas al día con dos grupos, y con eso tengo ya suficiente (esos grupos son de habla inglesa). Ellos no hacen zazen, hacen otro tipo de práctica, pero eso a mí me da igual. A mí me sirve estar con ellos.
¿Por qué digo esto? Porque la práctica de "meditación" es bueno hacerla con otros. Meditacion en un sentido amplio. Budistas, cristianos o ateos, da igual. Lo de menos es lo que uno "sea". En la superficie, todos somos distintos. El el fondo, todos somos iguales. Lo del koan... Eso es algo pasado. Practiqué con koans durante unos años, y estoy muy agradecido a quien me dio la oportunidad de aprender. Pero cualquier forma de practicar (no solo budista, sino de cualquier denominación) es buena, y puede compartirse. Si hubiésemos hecho las cosas de ese modo, en vez de ser grupusculos aislados, habría grupos grandes. Pero para eso hace falta alquien que los una. ¿Y quien puede ser ese alguien? Pues tiene que ser un sacerdote. No puede ser nadie más.
Bueno, ya he dicho lo que tenía que decir. Que todo el mundo tenga una buena práctica.