Corría el año 1982, y yo estaba destinado en un pueblo de La Mancha, como profesor de Instituto. Llevaba un año con el budismo tibetano, después de haber tomado refugio con el Lama Gendum Rimpoche. Era la época en que los lamas estaban aterrizando en España, concretamente en Monovar (Alicante) en un terreno árido con una casa medio señorial, convertida en la sede principal del Instituto Nagarjuna (ahí es na

) Llegó entonces el Lama Lobsang Tsultrim (Geshe-la para los allegados), acompañado de Wangchen (hoy Lama Wangchen, que sale en las noticias de tarde en tarde, hablando con su español completamente dehilachado, pero sin complejos

).
El Instituto Nagarjuna era un lugar variopinto, donde había una curiosa comunidad semi monacal, compuesta por una decena de hippies recién llegados, dispuestos para la búsqueda espiritual tras sus experiencias en el campo de las drogas psicodélicas. Entre esos hippies estaba el que se convertiría en el primer monje budista español, conocido bajo el epíteto de Reverendo Baisili, o simplemente Basili. Basili había sido ordenado en Daramsala por el lama Yeshe, y volvió a España tras un año en la India, con el fin de pasar unas vacaciones, y entonces decidió que su puesto estaba en el recién inaugurado monasterio de Monovar.
Tras un periodo inicial de enseñanzas básicas, en las que Geshe-la impartía el Lam Rim (la doctrina básica budista), que sus discípulos íbamos aprendiendo a trompicones, llegó el turno de entrar en los tortuosos caminos del Vajrayana. Empezaron a correr rumores de que el Tantra era el camino esencial, que podía llevar a una persona a la iluminación completa en el transcurso de una sola vida. Pero cuidado. Basili aseguraba que era el camino más rápido a la iluminación o a los infiernos. Pero, curiosamente aquello hacía que los intrépidos buscadores se interesaran por el tantra mucho más.
Empezaron a llegar las iniciaciones más bajas, como Chenresig, pero pronto se supo que había un alto lama invitado, Song Rimpoche, que vendría a Monovar a dar tres iniciaciones del más alto Mahanutara Yoga Tantra. Aquellas iban a ser iniciaciones reales, no simples permisos para recitar mantras. Yo le pedí a Geshe-La que me hiciese un “mo”, (una adivinación) sobre si debería ir al curso y recibir las iniciaciones, a lo que me contestó que “sí, que debía hacer todo lo que estuviese en mi mano para ir, porque serían iniciaciones de grandísimo valor, que no debíamos dejar de recibir”
Arreglé las cosas en el trabajo con dificultad, y pude conseguir dos semanas de permiso, sin sueldo, y fuimos mi mujer y yo, con nuestra hija pequeña. La primera parte del curso trataría sobre “la concentración”, y la segunda serían las iniciaciones. Éramos unos cincuenta. El curso sobre la concentración empezó, y al segundo día Song Rimpoche anunció que no nos daría más enseñanzas sobre ello porque no estábamos preparados para recibirlas, así que nos dio enseñanzas generales sobre la bodhichita y cosas sencillas. Aquello decepcionó al personal.
No estábamos preparados para aprender a concentrarnos, pero al parecer lo estábamos para recibir las más altas iniciaciones de Mahanutara Yoga Tantra, que se empezaron a impartir a la semana siguiente: primero Yamantaka, después Vajrayogini y luego Tara Verde. Las agotadoras iniciaciones se impartieron mañana y tarde, en un ambiente ambivalente, mezcla de curiosidad y escepticismo. ¿Era aquella la forma de llegar a la iluminación en una sola vida? No entendíamos prácticamente nada. Pero las iniciaciones llegaron al final y nos fuimos de allí con cierto sabor agridulce.
Por supuesto las iniciaciones no eran más que el comienzo. Ahora hacía falta recibir las enseñanzas, las cuales se arreglaron para el verano siguiente. Durante dos meses, mañana y tarde, Geshe-La nos leyó y explicó los textos secretos, con una paciencia infinita. Aprendimos todos los detalles para meditar en la sadana, los mudras, las recitaciones, los mantras…. Y luego vino la enseñanza de cómo llevar a cabo la etapa de completación: cómo hacer los ejercicios de respiración, las increíblemente complejas visualizaciones, y todos los demás detalles. Al terminar, sentimos como si tuviésemos los planos para construir una bomba atómica.
A partir de ese día teníamos el compromiso de realizar la sadhana larga a diario. Una sadhana terriblemente larga, toda ella en tibetano, a ser posible con campana y damaru, y la recitación larguísima del mantra. La ceremonia llevaba más de una hora, y no se podía fallar ni un solo día. Pero eso era solo el comienzo. Después habría que hacer el retiro de los cien mil mantras (porque el de un millón, o el de tres millones era de todo punto impensable para nosotros) Hasta que llegó el siguiente verano, estuve recitando la sadhana larga sin fallar un solo día, porque pensaba que si fallaba una sola vez, no alcanzaría la iluminación.
Llegó el retiro, al fin, donde cuatro “yogis” fuimos a la Alpujarra al centro de retiros budista, en un ambiente hasta cierto punto parecido al Tibet (dentro de lo humanamente posible), en el que practicaríamos durante un mes seguido. El retiro… no es que fuera un fiasco, pero siendo un mes, hubiésemos debido tener alguna vislumbre de la naturaleza de buda, pero no ocurrió porque estábamos hablando día sí, día también, con lo que las realizaciones se nos escaparon todas. ¡Pero terminamos los cien mil mantras, que es de lo que se trataba!
Pero no había terminado todo, porque ahora había que seguir recitando la sadana larga a diario, hasta que se realizase la puja de fuego, la cual era imprescindible para cerrar el compromiso. La citada puya tardó casi un año en llegar, y cuando por fin llegó el día, fui muy contento, esperando ver si alcanzaba la realización soñada, puesto que había sido sumamente escrupuloso en cumplir los compromisos hasta el más mínimo detalle. Pero no, se terminó la puya, volví a casa, y seguía siendo el mismo cerullo.
Algo fallaba, me dije. Al año siguiente hice un viaje de estudios particular al Tibet indio (ladak) esperando sacar algo en claro, de por qué el más alto Yoga tántrico no había producido ni el menor resultado en mi vida. Tras una larga semana de viaje por avión y carreteras, Ladak me abrió las puertas, y aprendí mucho, no porque nadie en particular me enseñara, sino porque vi lo que para la gente de allí es el tantra. No eran yogis, sino gente normal, como era yo. No sé si tenían altas iniciaciones, supongo que sí, siendo ladakíes.
Lo que sí me pareció comprender es que el Tantra, fuera del Tibet, no tiene nada razón de ser.
