Es el venenos del capitalismo que todo lo corrompe, en este caso comercializando el dharma.
Desmitificando a los maestros
- Hokke
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Re: Desmitificando a los maestros
El objetivo último del marketing es que se compre los cursos. En el testimonio compartido ya se deja claro que los únicos cursos con diploma son los que cuestan dinero. Me parece la misma táctica que la de Dokusho y compañía, mucha proyección en redes sociales y muchos cursos y retiros.
Es el venenos del capitalismo que todo lo corrompe, en este caso comercializando el dharma.

Es el venenos del capitalismo que todo lo corrompe, en este caso comercializando el dharma.
"Apoyarse en la Ley y no en las personas; apoyarse en el sentido y no en las palabras; apoyarse en la sabiduría y no en la conciencia ordinaria; apoyarse en los sutras de significado definitivo y no en los de significado no definitivo.” - Nehan-gyō
- Felipe
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Re: Desmitificando a los maestros
Creo que el propio Buddha dejó una orientación muy importante para abordar este problema.
En el Mahāparinibbāna Sutta (DN 16), cuando Ānanda pregunta qué ocurrirá con la comunidad después de su muerte, el Buddha no designa a un sucesor que deba ocupar su lugar como maestro supremo. Al contrario, señala que el Dhamma y el Vinaya serán aquello que los guíe después de su partida.
Esto me parece fundamental para entender la relación que deberíamos tener con los maestros posteriores. Podemos respetarlos, estudiar sus enseñanzas y aprender de su experiencia, pero ningún maestro debería convertirse en la medida del Dhamma.
Por eso, cuando encontramos contradicciones graves entre lo que un maestro enseña y determinadas acciones, opiniones o conductas suyas, creo que no deberíamos intentar resolverlas automáticamente protegiendo la imagen del maestro. Hay que examinar esas cosas a la luz del Dhamma.
Y aquí aparece algo todavía más importante: el Buddha no presentó la realización espiritual como una especie de inmunidad frente a cualquier forma de ignorancia convencional. Por eso no deberíamos asumir que alguien que ha tenido una determinada experiencia meditativa, que ha recibido una transmisión, que posee el título de roshi o que es considerado un gran maestro por una tradición queda, por ese solo hecho, fuera del examen crítico.
En el caso de Yasutani, sus posiciones políticas y sus expresiones antisemitas durante el contexto histórico japonés de la guerra merecen ser conocidas y examinadas, no ocultadas para preservar su autoridad espiritual. Y tampoco creo que sea necesario caer en el extremo contrario y reducir toda su trayectoria a esas posiciones. Se pueden reconocer sus aportes históricos al Zen y, al mismo tiempo, reconocer que determinadas ideas y acciones son incompatibles con principios fundamentales del Dhamma.
Para mí, precisamente ahí está la utilidad de la enseñanza del Buddha: no necesitamos convertir a los maestros en santos para aprender de ellos.
Un maestro puede mostrarnos algo valioso y, al mismo tiempo, conservar puntos ciegos, apegos e incluso conductas perjudiciales. Lo decisivo no es proteger su imagen, sino examinar el Dhamma y observar qué conduce realmente al abandono de la codicia, la aversión y la ignorancia, y qué las alimenta.
Por eso considero saludable desmitificar a los maestros. No por cinismo ni por desprecio hacia las tradiciones, sino precisamente por respeto al Dhamma. Si el Buddha mismo dejó la enseñanza y la disciplina como referencia después de su muerte, entonces nuestra confianza última no debería descansar en la personalidad de ningún maestro posterior.
El maestro puede señalar el camino. Pero el criterio para saber si aquello que señala conduce realmente al abandono de dukkha sigue siendo el Dhamma.
En el Mahāparinibbāna Sutta (DN 16), cuando Ānanda pregunta qué ocurrirá con la comunidad después de su muerte, el Buddha no designa a un sucesor que deba ocupar su lugar como maestro supremo. Al contrario, señala que el Dhamma y el Vinaya serán aquello que los guíe después de su partida.
Esto me parece fundamental para entender la relación que deberíamos tener con los maestros posteriores. Podemos respetarlos, estudiar sus enseñanzas y aprender de su experiencia, pero ningún maestro debería convertirse en la medida del Dhamma.
Por eso, cuando encontramos contradicciones graves entre lo que un maestro enseña y determinadas acciones, opiniones o conductas suyas, creo que no deberíamos intentar resolverlas automáticamente protegiendo la imagen del maestro. Hay que examinar esas cosas a la luz del Dhamma.
Y aquí aparece algo todavía más importante: el Buddha no presentó la realización espiritual como una especie de inmunidad frente a cualquier forma de ignorancia convencional. Por eso no deberíamos asumir que alguien que ha tenido una determinada experiencia meditativa, que ha recibido una transmisión, que posee el título de roshi o que es considerado un gran maestro por una tradición queda, por ese solo hecho, fuera del examen crítico.
En el caso de Yasutani, sus posiciones políticas y sus expresiones antisemitas durante el contexto histórico japonés de la guerra merecen ser conocidas y examinadas, no ocultadas para preservar su autoridad espiritual. Y tampoco creo que sea necesario caer en el extremo contrario y reducir toda su trayectoria a esas posiciones. Se pueden reconocer sus aportes históricos al Zen y, al mismo tiempo, reconocer que determinadas ideas y acciones son incompatibles con principios fundamentales del Dhamma.
Para mí, precisamente ahí está la utilidad de la enseñanza del Buddha: no necesitamos convertir a los maestros en santos para aprender de ellos.
Un maestro puede mostrarnos algo valioso y, al mismo tiempo, conservar puntos ciegos, apegos e incluso conductas perjudiciales. Lo decisivo no es proteger su imagen, sino examinar el Dhamma y observar qué conduce realmente al abandono de la codicia, la aversión y la ignorancia, y qué las alimenta.
Por eso considero saludable desmitificar a los maestros. No por cinismo ni por desprecio hacia las tradiciones, sino precisamente por respeto al Dhamma. Si el Buddha mismo dejó la enseñanza y la disciplina como referencia después de su muerte, entonces nuestra confianza última no debería descansar en la personalidad de ningún maestro posterior.
El maestro puede señalar el camino. Pero el criterio para saber si aquello que señala conduce realmente al abandono de dukkha sigue siendo el Dhamma.