Experiencia de Iluminación de Yamada Koun Roshi (narrada por el mismo, en una carta a su maestro)
Publicado: 01 May 2024 18:41
Noviembre 27, 1953
Querido Nakagawa-roshi:
Gracias por el día tan feliz que pasé en su monasterio.
¿Recuerda usted la conversación que surgió sobre la autorrealización
respecto a ese americano? (Nota: se trataba de Philippe Kapleau) En esos momentos jamás me imaginé que en unos cuantos días yo mismo le estaría reportando mi propia experiencia.
El día después de que lo llamé viajaba con mi esposa en el tren de regreso
a casa. Iba leyendo un libro de zen por Son-o, quien, como seguramente
recuerda, fue un maestro del zen Soto que vivió en Sendai durante el periodo
de Genroku (1688-1703). Cuando el tren se acercaba a la estación de Ofuna
leí estas líneas: “Llegué a comprender con claridad que la mente no es otra
cosa que las montañas y los ríos y la ancha tierra, el Sol y la Luna y las
estrellas”
Ya había leído esto antes, pero esta vez quedó tan vivamente impreso en mí
que me dejó sorprendido. Me dije: “Después de siete u ocho años de zazen
finalmente he percibido la esencia de esta frase”. Y no pude reprimir las
lágrimas que empezaban a derramarse. Un poco avergonzado de estar
llorando entre la multitud, desvié la cara y me limpié los ojos con mi pañuelo.
Mientras tanto, el tren había llegado a la estación de Kamakura y mi mujer y
yo nos bajamos. En el camino a casa le dije: “En el estado de regocijo en el
que me encuentro podría subir a las mayores alturas”.
Ella contestó sonriente: “Entonces, ¿dónde estaría yo?”. Todo el tiempo
continuaba repitiéndome a mí mismo la cita que había leído.
Por casualidad ese día mi hermano menor y su esposa estaban en mi casa
y les conté de la visita a su monasterio y sobre el norteamericano que había
venido al Japón sólo para alcanzar la iluminación. En breve, les conté todas las
historias que usted me había contado y me fui a la cama después de las once y
media de la noche.
A la media noche desperté abruptamente. Al principio, mi mente estaba
nublada; de pronto la cita entró a mi conciencia: “Llegué a comprender con
claridad que la mente no es otra cosa que las montañas, los ríos y la ancha
tierra, el Sol y la Luna y las estrellas”. Y la repetí. Entonces de pronto sentí
como si un rayo me tocara y al momento siguiente los cielos y la tierra se
desmoronaron y desaparecieron. En ese instante, como las olas que suben,
me invadió una tremenda sensación de delicia, verdaderamente un huracán de
delicia, mientras reía fuerte y alocadamente: “¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! ¡Aquí no hay
ningún razonamiento! ¡Ja, ja, ja!”. El cielo vacío se partió en dos, entonces
abrió su enorme boca y comenzó a reír escandalosamente: “¡Ja, ja, ja!”. Más
adelante, uno de los miembros de mi familia me dijo que mi risa no parecía
humana.
Ahora estaba recostado boca arriba. De pronto me senté y golpeé la cama
con todas mis fuerzas y pegué sobre el suelo con mis pies como si tratase
de hacerlo pedazos, mientras continuaba riendo con todas mis fuerzas. Mi
esposa e hijo más joven, que dormían cerca de mi, estaban ahora despiertos y
asustados. Mi esposa, tapándome la boca con la mano, exclamó: “¿Qué te
pasa? ¿Qué te pasa?”. Pero no me di cuenta de esto hasta que me lo dijo
después. Mi hijo me dijo después que pensó que me había vuelto loco.
“¡He alcanzado la iluminación! ¡Shakyamuni y los Patriarcas no me han
decepcionado! ¡No me han decepcionado!” (16), recuerdo haber gritado.
Cuando bajé me disculpé ante el resto de la familia quienes habían bajado
asustados por la conmoción.
Me postré ante la fotografía de Kannon que usted me regaló, el sutra del
Diamante y mi volumen del libro escrito por Yasutani-roshi. Prendí una pajuela
de incienso, e hice zazen hasta que la pajuela se consumió, media hora
después, aunque parecía que sólo habían pasado dos o tres minutos.
Aún ahora, mi cuerpo tiembla mientras lo escribo.
Esa mañana fui a ver a Yasutani-roshi y traté de describirle mi experiencia
de desintegración repentina de los cielos y la tierra. “¡Estoy loco de contento!
¡Estoy loco de contento!”. Le repetía, golpeándome con vigor sobre el muslo.
Surgieron las lágrimas y no las pude reprimir. Intenté contarle mi experiencia
de esa noche, pero mi boca temblaba y las palabras no se formaban.
Finalmente, sólo puse mi cara en su regazo. Me dio una palmada en la
espalda, y me dijo: “Bueno, bueno, en realidad es raro experimentarlo a un
grado tan maravilloso. Se llama ‘Alcanzar la vacuidad de la mente’. ¡Hay que
felicitarte!”.
“Gracias a usted”, le murmuré y de nuevo comencé a llorar de alegría.
Muchas veces le dije: “Debo continuar aplicándome con energía a mi zazen”.
Tuvo la bondad de darme consejo detallado sobre cómo seguir con mi práctica
en el futuro, después de lo cual me susurró al oído: “¡Mis felicitaciones!”, y me
acompañó hasta el pie de la montaña con una linterna.
Aunque ya han transcurrido veinticuatro horas, aún siento las secuelas de
ese temblor. Mi cuerpo entero todavía tiembla. Pasé todo el día de hoy riendo y
llorando yo solo.
Estoy escribiendo mi experiencia con la esperanza de que sea de algún
valor para sus monjes y porque Yasutani-roshi me insto a hacerlo.
Por favor dé mis recuerdos a ese norteamericano. Dígale que aun yo, que
soy indigno y falto de espíritu, pude captar tan maravillosa experiencia al
madurar el tiempo. Me gustaría hablar con usted sobre muchas cosas, pero
debo esperar otra oportunidad.
P.D. El norteamericano nos preguntaba si es posible que él alcance la
iluminación en una semana de sesshin. Dígale esto de parte mía: que no diga
días, semanas, años o aun vidas enteras. Que no diga millones o billones de
kalpas. Dígale que haga voto de alcanzar la iluminación aunque le tome el
futuro infinito, ilimitado, incalculable.
(Continuará...)
Querido Nakagawa-roshi:
Gracias por el día tan feliz que pasé en su monasterio.
¿Recuerda usted la conversación que surgió sobre la autorrealización
respecto a ese americano? (Nota: se trataba de Philippe Kapleau) En esos momentos jamás me imaginé que en unos cuantos días yo mismo le estaría reportando mi propia experiencia.
El día después de que lo llamé viajaba con mi esposa en el tren de regreso
a casa. Iba leyendo un libro de zen por Son-o, quien, como seguramente
recuerda, fue un maestro del zen Soto que vivió en Sendai durante el periodo
de Genroku (1688-1703). Cuando el tren se acercaba a la estación de Ofuna
leí estas líneas: “Llegué a comprender con claridad que la mente no es otra
cosa que las montañas y los ríos y la ancha tierra, el Sol y la Luna y las
estrellas”
Ya había leído esto antes, pero esta vez quedó tan vivamente impreso en mí
que me dejó sorprendido. Me dije: “Después de siete u ocho años de zazen
finalmente he percibido la esencia de esta frase”. Y no pude reprimir las
lágrimas que empezaban a derramarse. Un poco avergonzado de estar
llorando entre la multitud, desvié la cara y me limpié los ojos con mi pañuelo.
Mientras tanto, el tren había llegado a la estación de Kamakura y mi mujer y
yo nos bajamos. En el camino a casa le dije: “En el estado de regocijo en el
que me encuentro podría subir a las mayores alturas”.
Ella contestó sonriente: “Entonces, ¿dónde estaría yo?”. Todo el tiempo
continuaba repitiéndome a mí mismo la cita que había leído.
Por casualidad ese día mi hermano menor y su esposa estaban en mi casa
y les conté de la visita a su monasterio y sobre el norteamericano que había
venido al Japón sólo para alcanzar la iluminación. En breve, les conté todas las
historias que usted me había contado y me fui a la cama después de las once y
media de la noche.
A la media noche desperté abruptamente. Al principio, mi mente estaba
nublada; de pronto la cita entró a mi conciencia: “Llegué a comprender con
claridad que la mente no es otra cosa que las montañas, los ríos y la ancha
tierra, el Sol y la Luna y las estrellas”. Y la repetí. Entonces de pronto sentí
como si un rayo me tocara y al momento siguiente los cielos y la tierra se
desmoronaron y desaparecieron. En ese instante, como las olas que suben,
me invadió una tremenda sensación de delicia, verdaderamente un huracán de
delicia, mientras reía fuerte y alocadamente: “¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! ¡Aquí no hay
ningún razonamiento! ¡Ja, ja, ja!”. El cielo vacío se partió en dos, entonces
abrió su enorme boca y comenzó a reír escandalosamente: “¡Ja, ja, ja!”. Más
adelante, uno de los miembros de mi familia me dijo que mi risa no parecía
humana.
Ahora estaba recostado boca arriba. De pronto me senté y golpeé la cama
con todas mis fuerzas y pegué sobre el suelo con mis pies como si tratase
de hacerlo pedazos, mientras continuaba riendo con todas mis fuerzas. Mi
esposa e hijo más joven, que dormían cerca de mi, estaban ahora despiertos y
asustados. Mi esposa, tapándome la boca con la mano, exclamó: “¿Qué te
pasa? ¿Qué te pasa?”. Pero no me di cuenta de esto hasta que me lo dijo
después. Mi hijo me dijo después que pensó que me había vuelto loco.
“¡He alcanzado la iluminación! ¡Shakyamuni y los Patriarcas no me han
decepcionado! ¡No me han decepcionado!” (16), recuerdo haber gritado.
Cuando bajé me disculpé ante el resto de la familia quienes habían bajado
asustados por la conmoción.
Me postré ante la fotografía de Kannon que usted me regaló, el sutra del
Diamante y mi volumen del libro escrito por Yasutani-roshi. Prendí una pajuela
de incienso, e hice zazen hasta que la pajuela se consumió, media hora
después, aunque parecía que sólo habían pasado dos o tres minutos.
Aún ahora, mi cuerpo tiembla mientras lo escribo.
Esa mañana fui a ver a Yasutani-roshi y traté de describirle mi experiencia
de desintegración repentina de los cielos y la tierra. “¡Estoy loco de contento!
¡Estoy loco de contento!”. Le repetía, golpeándome con vigor sobre el muslo.
Surgieron las lágrimas y no las pude reprimir. Intenté contarle mi experiencia
de esa noche, pero mi boca temblaba y las palabras no se formaban.
Finalmente, sólo puse mi cara en su regazo. Me dio una palmada en la
espalda, y me dijo: “Bueno, bueno, en realidad es raro experimentarlo a un
grado tan maravilloso. Se llama ‘Alcanzar la vacuidad de la mente’. ¡Hay que
felicitarte!”.
“Gracias a usted”, le murmuré y de nuevo comencé a llorar de alegría.
Muchas veces le dije: “Debo continuar aplicándome con energía a mi zazen”.
Tuvo la bondad de darme consejo detallado sobre cómo seguir con mi práctica
en el futuro, después de lo cual me susurró al oído: “¡Mis felicitaciones!”, y me
acompañó hasta el pie de la montaña con una linterna.
Aunque ya han transcurrido veinticuatro horas, aún siento las secuelas de
ese temblor. Mi cuerpo entero todavía tiembla. Pasé todo el día de hoy riendo y
llorando yo solo.
Estoy escribiendo mi experiencia con la esperanza de que sea de algún
valor para sus monjes y porque Yasutani-roshi me insto a hacerlo.
Por favor dé mis recuerdos a ese norteamericano. Dígale que aun yo, que
soy indigno y falto de espíritu, pude captar tan maravillosa experiencia al
madurar el tiempo. Me gustaría hablar con usted sobre muchas cosas, pero
debo esperar otra oportunidad.
P.D. El norteamericano nos preguntaba si es posible que él alcance la
iluminación en una semana de sesshin. Dígale esto de parte mía: que no diga
días, semanas, años o aun vidas enteras. Que no diga millones o billones de
kalpas. Dígale que haga voto de alcanzar la iluminación aunque le tome el
futuro infinito, ilimitado, incalculable.
(Continuará...)