Un texto apócrifo atribuido a Prajnatara

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Seikatsu Ima
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Un texto apócrifo atribuido a Prajnatara

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Presentación
El presente texto, titulado Sermón de la Transmisión de la Antorcha, se presenta como una pieza de atribución incierta, muy probablemente apócrifa, asociada a la figura de Prajnatara. No existen, hasta donde alcanza la evidencia filológica e historiográfica disponibles, referencias canónicas o paralelos verificables en los corpus budistas clásicos que permitan confirmar su autenticidad como documento antiguo o como transmisión directa de dicha tradición.
Sin embargo, su interés no tiene que residir únicamente en su posible valor histórico —que permanece en el terreno de lo hipotético—, sino en su densidad doctrinal y su coherencia interna, en la que confluyen elementos del pensamiento Mahāyāna, resonancias tántricas y formulaciones modernas de carácter casi hermenéutico. En ese sentido, el texto merece ser considerado como una construcción significativa dentro del terreno más amplio de la literatura religiosa apócrifa o pseudoepigráfica, la cual, en numerosas tradiciones, ha servido como vehículo de reinterpretación y transmisión creativa del Dharma del Buda.
El manuscrito fue hallado en forma mecanografiada entre los legajos personales de mi abuelo, Francisco León Masís (1914-1989), quien fue estudioso autodidacta de las religiones comparadas y acumuló a lo largo de su vida una extensa colección de textos, notas y transcripciones de procedencia diversa. No consta en dichos archivos información adicional sobre la procedencia del documento, ni sobre su autoría material, contexto de producción o cadena de transmisión.
A pesar de estas incertidumbres, el texto no deja de poseer un valor notable como objeto documental: la asignación explícita en primera persona del género mujer a Prajnatara, su fuerza literaria, la estructura sermónica, la articulación de ideas relativas a la práctica meditativa, el cuerpo como principal umbral del Dharma y la crítica contra la superstición religiosa lo sitúan en un espacio de interés tanto para los estudios budistas como para la investigación de formas modernas de reescritura o de pastiche. En ese sentido, más que ser evaluado exclusivamente en términos de autenticidad histórica, este texto puede ser abordado como una expresión significativa de la recepción creativa del budismo en contextos modernos y periféricos de transmisión textual.
Ezequiel D’León Masís
Dírita, Masaya, Nicaragua, 2014.


Sermón de la Transmisión de la Antorcha
(Pajjota-saṅkāmanā-sutta)

Prajnatara
(atribución apócrifa)

I. La del collar precioso
Soy Prajnatara, la llamada “hija de la sabiduría de Tara”. Nací en Pallava, pero no tengo memoria de madre ni de cuna. Dicen que morí para ella al nacer o ella para mí; en cualquier caso, quedé sola desde el primer aliento. La intemperie fue mi primer templo: polvo, hambre y cielo abierto. Allí aprendí a mirar sin esperar nada, a dormir sin pertenecer a nada. Entre mendigos errantes conocí a los monjes que no poseían nada y, sin embargo, caminaban como si llevaran un fuego secreto. Fue en sus voces quebradas donde escuché por primera vez del Dharma del Árbol de la Bodhi, no como doctrina, sino como algo que respiraba en medio de la miseria y la niebla.
Crecí entre manos que daban y manos que quitaban todo. Hubo un tiempo en que mi cuerpo fue moneda de intercambio y aprendí a separarme de él como quien observa la lluvia caer sobre otra tierra. No lo confieso con vergüenza ni con orgullo: fue una forma de seguir aquí. Pero aún en esa oscuridad, algo en mí no se entregaba en venta. A veces, al terminar la noche, recordaba las palabras de aquellos monjes y me sentaba en silencio sobre un cojín de hojas secas, y el mundo podía detenerse un instante dentro de mi pecho.
La intemperie también me enseñó a defenderme. Aprendí malla-yuddha entre hombres que no tenían paciencia para la compasión y del Dhanurveda tomé lo que pude: gestos, equilibrio, atención precisa. Mi cuerpo dejó de ser mero objeto y se volvió herramienta. No me interesó nunca dominar a otros, solo quería no ser dominada. Descubrí que la vigilancia y la calma podían ser más rápidas que la agresión burda.
Cuando intenté entrar al templo en Magadha, me rechazaron. No por falta de determinación, sino por ser mujer, y peor aún, mujer de la calle. Vi en sus ojos el mismo juicio que había conocido desde niña. Entonces comprendí que incluso el Buda del Clan de los Sakyas había dudado de abrir el Camino a las mujeres alguna vez. Pero en ese templo me regalaron un japamala y desde entonces me llamaron “La del collar precioso”.
No tomé como ofensa ni el rechazo del templo ni el collar. Tuve evidencia de que el Dharma, aunque vasto, debía atravesar las limitaciones de quienes lo custodiamos, incluyendo al mismo Sakyamuni.
Más tarde conocí a mi maestro en una plaza: fue Punyamitra. Él declaró ver en mí la reencarnación de Mahasthamaprapta. Nunca creí en la transmigración de los egos como miedosa cadena intacta; lo que somos no viaja así y es pura causalidad y a veces azar. Pero entendí el gesto de Punyamitra para conmigo: en un mundo que aplasta a las mujeres y desprecia a quienes vienen de la orfandad callejera, ese reconocimiento era una especie de escudo. Acepté sus palabras no como verdad literal, sino como un medio de compasión hábil. Si debía ser un nombre de un varón muerto para abrir una puerta, lo sería. Pero en lo más íntimo, seguí siendo la rechazada, “La del collar precioso”. Lo supe desde siempre: ser nadie es ser libre.

II. El Dharma se defiende con el cuerpo
Llamo “malla-yuddha” a la disciplina de mi enseñanza porque en ella se reconoce el juego de las apariencias sin negarlas: el cuerpo siente, la mente imagina y ambos pueden extraviarse. En ese campo movedizo utilizo una forma clara, una línea recta que no discute: la espada de madera (“kastha-khadga”). No es arma de conquista ni invasión, sino un instrumento de retorno a la propia naturaleza. En su simpleza está mi enseñanza: lo que no corta la carne puede, sin embargo, cortar la distracción.
La espada de madera es una extensión del refugio de la budeidad. Es recta para recordar la rectitud de los ancianos pinos del Himalaya; es firme para sostener la atención y la postura del cuerpo físico; es espada viva en la mano para que la práctica no se vuelva complaciente. Con esta espada se aprende a medir distancia entre vértebras, a detectar tensiones en la respiración y a no temblar ante el propio pulso. Quien la empuña sabe ya que el cuerpo no es un obstáculo para el Dharma del Árbol de la Bodhi, sino su único umbral.
Digo sin rodeos que no hay buen Dharma sin un cuerpo dispuesto a sentarse. El Árbol de la Bodhi no crece en terreno abandonado ni sobrehabitado. En vez de obsesionarse con un altar, limpia y fortalece ese cuerpo que se sienta con simpleza. La práctica con la espada de madera templa las piernas, despierta la médula y ordena la visión sin visión. Sin esa base corporal, la mente se dispersa como humo o se adormece como un cadáver, la enseñanza se vuelve palabra hueca y doctrina hipócrita.
Por eso, cuando están ustedes sentados en la absorción del samadhi y el sueño les vence o la excitación les desborda, golpeen los hombros con la madera recta. Un toque justo devuelve el eje de este vehículo magnífico e inmóvil, como una campana que les suena en la carne. El cuerpo del sabio entiende lo que la mente del mortal discute. El sabio tiene mente de mortal. El mortal tiene cuerpo de sabio. Ambos pueden recorrer el Camino de la sentada de los budas. Entre el sopor y la agitación, la madera les marca un centro. Así se aprende a permanecer sin hundirse ni incendiarse. La naturaleza propia no es ni sabia ni mortal.
Sé que el Buda del clan de los Sakyas no usaba espadas. Yo sí. A mí me tocó la intemperie como maestra despiadada y nadie me alimentó con leche ni arroz. El Dharma del Árbol de la Bodhi fue certificado por Sujātā, la mujer que le salvó la vida al Buda del Clan de los Sakyas, dándole leche y arroz como a un niño de cuna.
La vida pide defensa, el Dharma verdadero aprende nuevos gestos para protegerse sin endurecerse. La espada de madera no es para herir, es para pensar sin pensar, para ver sin ver y para comprender sin comprender. Quien practica bajo el Árbol de la Bodhi debe honrar su cuerpo como una ermita viviente. Dame un cuerpo dispuesto y te daré el Dharma del Árbol de la Bodhi con el arroz y la leche de Sujātā.

III. Contra la magia negra y la superstición
He visto cómo, con el paso de los caminos y de los comerciantes errantes, el Dharma del Árbol de la Bodhi ha sido rodeado por supersticiones. Donde antes había práctica silenciosa y atención directa al cuerpo sentado bajo el árbol del despertar, ahora surgen ofrendas por miedo y plegarias que buscan protección más que comprensión de las mil cosas. El Buda es invocado como si fuera un monstruo que concede favores y no como una señal viva de la posibilidad de ver las cosas tal como son.
En medio de los movimientos de pueblos y de las antiguas invasiones, también llegaron interpretaciones confusas, mezcladas con locuras locales y temores antiguos. Así, lo que era una visión sin visión y una comprensión sin comprensión se fue cubriendo de rituales de miedo. He observado con asombro cómo la sentada simple de los budas ha sido tapada por formas externas de adoración, como si el cuerpo ya no fuera el campo búdico del despertar.
Mi maestro Punyamitra enseñaba que la desviación no está en el mundo, sino en el olvido de la experiencia directa. El Dharma del Árbol de la Bodhi no necesita ser alimentado por supersticiones ni por la idea de fuerzas invisibles que castigan o protegen. Cuando la mente se inclina hacia el miedo, incluso la enseñanza más clara se vuelve opaca. Y lo que era Camino se convierte en huida. Nada hay de qué huir.
He recibido de mi maestro la comprensión de que la práctica debe regresar al cimiento del sentarse, ver y dejar caer los agregados como moscas necias que se cansan y cesan. No hay necesidad de dar explicaciones ni de construir cielos ni infiernos. La claridad sin claridad no pertenece a los templos ni a las doctrinas, sino a la experiencia inmediata del cuerpo en su quietud búdica, atento al surgir y desaparecer de las mil cosas.
Hay una práctica simple y firme, soy heredera de lo mejor de las antiguas escuelas, donde la mente se observa sin adornos y el cuerpo sentado en loto es el despertar. La sentada simple es sin miedo, sin magia, sin confusión, donde ver sin ver es lo suficiente y estar presente es el único umbral del despertar.

IV. Serán perseguidos por enseñar la sentada simple
Habrá quienes, ante la enseñanza de la sentada simple, se sentirán amenazados en su devoción supersticiosa y los perseguirán, precisamente porque esta transmisión es una médula sin adornos y no ofrece a nadie nada de donde aferrarse. Sentarse sin buscar la budeidad es budeidad, ver sin apropiarse de lo visto y permanecer sin fabricar intención es budeidad: esta simplicidad desarma los obstáculos que muchos han aprendido a llamar Camino, no siendo más que hipocresía doctrinal y enredos. El Dharma del Árbol de la Bodhi es verdadero aunque no hubiera existido ningún Buda sentado bajo el Árbol de la Bodhi.
Cuando la práctica total es estar inmóvil frente a una pared, sin acumulación de méritos ni promesas ansiosas, surge en algunos la sensación de pérdida religiosa. Allí donde esperaban símbolos, poderes mágicos o certezas analíticas, encuentran únicamente una presencia desnuda y sin goces sensoriales. Esa desnudez puede ser interpretada como amenaza por quienes dependen de formas rituales y estatuas para mantener a sus grupos de esclavos y eternos buscadores. Ustedes, discípulos míos, no sean buscadores esclavizados a un propósito. Nada hay que buscar. El Camino verdadero se recorre con la dicha absoluta de lo sin propósito. Dejar de buscar es la manera para encontrar eso que ya estaba allí. La totalidad sin aferramientos aparece prístina para quienes ya no buscan más y practican la sentada simple frente a una pared o bajo un árbol auspicioso.
La transmisión de una práctica tan directa requiere el mismo discernimiento de encender una antorcha con otra antorcha sin quemarse ni quedar ciegos. No todo corazón se encuentra dispuesto a soltar las confusiones que ha heredado de sus maestros hipócritas. Hay quienes buscan la verdad en lo extraordinario y lo complejo, desconfían de lo ordinario, sin ver que lo ordinario es precisamente el campo donde la realidad búdica se muestra sin velos desde siempre y sin necesidad de ser buscada ni interpretada.
La sentada silenciosa debe ser ofrecida sin insistencia, como una puerta abierta que no obliga a nadie a entrar. Quien se sienta simplemente se sienta; quienes atacan esta simplicidad también forman parte del mismo campo de comprensión para quien sabe comprender sin comprender y ver sin ver. No hay lucha en esta quietud indecible, aunque el mundo de alrededor la interprete de un millón de formas.

V. Dejar atrás las formas para dejar atrás toda aflicción
En la base de esta enseñanza simple del Dharma del Árbol de la Bodhi no encontrarás un punto de partida ni llegada, sino un río de vacuidad. La vacuidad es plenitud vacía como un vasto cielo despejado. Lo que llamo vacuidad es “lo no originado” y no es un primer momento de lo originado, ni siquiera es una causa escondida detrás de las cosas visibles. Es más bien aquello que no entra en la cadena de surgimientos, aquello que no aparece condicionado porque nunca ha llegado a desaparecer ni a aparecer. Las apariencias surgen de lo no aparecido, pero lo no aparecido no es el origen de las formas, aunque sin ello ninguna forma podría tener aparición.
Lo no dependiente se apoya en nada y, sin embargo, todo parece apoyarse en ello. No es una sustancia oculta ni un fondo del mundo, sino la no existencia de un fondo último en el que fijar las cosas: es un no tiempo y un no espacio que son el fondo sin fondo para todas las formas. Cuando intento nombrarlo, ya lo he perdido como objeto. Y, sin embargo, en esa misma incapacidad surge su experiencia en la sentada simple de los budas.
Al sentarte sin propósito ni superstición, comprenderás sin comprensión intelectual que toda forma carece de un “antes”, porque el tiempo mismo aparece dentro de aquello que no puede ser situado y eso es el instante presente. Es como si toda forma emergiera sin haber salido de ningún lugar y, al mismo tiempo, no pudiera sostenerse sin esa apertura previa que no se deja nombrar como cosa, pero sí como huella sobre un amplio lago sereno.
Todo esto puede llamarse la forma sin forma: no porque sea una forma oculta, sino porque toda forma depende de una apertura que no tiene contorno porque ya no es. Solo la visión sin visión puede rozar esto, no como una percepción rara, sino como el cese ordinario de la necesidad de convertir lo visto en objeto y de eso se trata la sentada simple frente a la pared: ver lo impermanente sin fijar nada, comprender todo sin apropiarse de la comprensión.
Así, lo no originado no es una explicación del mundo, sino la disolución de la necesidad de toda explicación. No está detrás de las cosas ni delante de ellas. Es la condición silenciosa en la que todo aparece y cambia eternamente. Y en ese aparecer sin fundamento fijo, las formas siguen surgiendo, pero ya no como algo separado de aquello que nunca llegó a comenzar. Eso que no es comienzo ni no comienzo es la experiencia de la inmovilidad sentada y simple del cuerpo, capaz de reducir las aflicciones humanas.

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adminFM
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Re: Un texto apócrifo atribuido a Prajnatara

Mensaje por adminFM »

Bienvenida Seikatsu Ima
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Daru el tuerto
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Re: Un texto apócrifo atribuido a Prajnatara

Mensaje por Daru el tuerto »

También usa espada Manjushri.

Hay alguna anécdota registrada de Prajnatara (maestra de Bodhidharma por si no se sabía):

Un rajá de un país del este de la India invitó al vigésimo séptimo ¿patriarca? budista Prajnatara a un festín. El rajá le preguntó: "¿Por qué no lees las escrituras?" El patriarca dijo: "Este pobre viajero no habita en los reinos del cuerpo o la mente al inhalar, no se involucra en innumerables circunstancias al exhalar: siempre reitero tal escritura, cientos, miles, millones de rollos".

Existe polémica al respecto del sexo de Prajnatara, aunque si hay polémica apuesto a que era mujer. :) Sino no la habría... :D

Por cierto, técnicamente esto es una Terma Zen, género novedoso. :D
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