Veamos tres comentarios a la
mente (corazón/espíritu)
parental (de abuelo/de anciano/madura) de la que habla Dōgen en el Tenzo Kyokun (instrucciones/consejos al cocinero [monástico]), en la anterior entrada.
El 1º es de Sōhaku Okumura
La mente paternal, o roshin en japones, (otra traducción podría ser mente madura), es la mente de los padres. Un padre puede experimentar la alegría ocupándose de los otros, de los hijos. Al contrario los niños experimentan bienestar solamente cuando se ocupan de ellos. Aquí está la diferencia entre mente paternal y mente infantil. La mente de una persona madura puede igualmente encontrar la alegría en ofrecer, en ocuparse de lo que es necesario hacer, en lugar de pedir que se ocupen de él. Y esto es, pienso, lo contrario de la avidez: ofrecer, ocuparse de los otros.
El 2º es de Giuseppe Jisō Forzani
El corazón del viejo (老心) Hay quien dice el corazón de los padres, pero yo pienso en el anciano, en el abuelo que tiene hacia el nieto una relación menos involucrada que la del padre (por ejemplo desde el punto de vista del orgullo personal, del deseo de ver que el hijo realiza sus aspiraciones). Este corazón de la persona anciana que tiene una relación de afecto, de ternura con todas las cosas, para la que cada cosa es parte de su vida y que tiene aquel cuidado delicado que no tiene segundas intenciones.
El 3º es de Kōshō Uchiyama
Deberíamos esforzarnos siempre en tratar a los objetos, a los acontecimientos y sobre todo a las personas con la mayor atención posible. Cuando empezamos a entender que cada cosa que nos encontramos constituye nuestra vida o, por decirlo de otra forma, a medida que empezamos a comprender las implicaciones más profundas de la gran mente en nuestras vidas, esta mente o actitud empieza a trabajar espontáneamente como la mente de un padre que cuida cada cosa con la que se encuentra.
Con un lenguaje muy sencillo, aparentemente los tres comentarios podrían parecer simples consejos bien intencionados.
Incluso podría decirse que, en el fondo, en cierta forma, van en una dirección opuesta la que indica el Buddha en SN 1.13
El Bhagavân estaba en Savatthi. De pie en un lugar apropiado, un deva habló así en verso en presencia del Bhagaván:
"No hay amor como el amor a un hijo.
No hay riqueza más preciosa que una vaca
No hay mayor luz que la del sol
No hay mayor lago que el océano".
[El Bhagavan dice:]
"No hay amor como el amor a uno mismo
No hay riqueza más preciosa que el trigo
No hay mayor luz que la sabiduría
No hay mayor lago que la lluvia".
Pero, si nos fijamos detalladamente en lo que dicen estos comentarios y no esforzamos en ponerlos en práctica (lo cual es mucho más difícil que simplemente enunciarlo o imaginarlo) vemos que, en esa acción de cuidar del mundo (de la comunidad de los otros así como de la más pequeña hoja de verdura con la que nos encontramos), en realidad de lo que se está hablando es de sí mismo, solo que ese sí mismo abarca todo aquello que constituye cada momento (el fuego, las ollas, los ingredientes, las bocas a alimentar, el aire, el agua, todo), es un sí mismo que no está separado de lo otro, del otro, del mundo, que no discrimina según sus deseos caprichosos, sino que actúa según la realidad que es la realidad de su vida.
Al practicante zen Dōgen le insta a saltar fuera de las ataduras del deseo egocéntrico; pero podríamos decir que si en otros casos (o viéndolo desde otra perspéctiva), ese salto se da hacia dentro, en este caos se da hacia fuera, se vuelca en la realidad concreta que constituye (incluyéndonos) cada instante, abarca a todo el universo. Con sus acciones el tenzo (el cocinero) está ocupándose solo de sí mismo, solo que ese sí mismo se ha vuelto inmenso, ilimitado.